
Por: María Paula Suárez Navas
Más que dinero, hoy un like vale la salud mental de 1 de cada 5 jóvenes en Colombia, que se endeudan para aparentar en las redes sociales.
Así lo demuestra un estudio de la Universidad Manuela Beltrán, que revela que el uso de redes sociales como Instagram y TikTok está llevando a muchos jóvenes a endeudarse para encajar.
Esto sucede porque estos espacios virtuales están redefiniendo la identidad y convirtiendo la apariencia de éxito en un símbolo de estatus social con posibles consecuencias para la salud mental y económica.
Según el estudio, el 40,9 % de los encuestados considera que la mayoría de las personas gasta más de lo que puede solo para mostrar que le va bien, mientras que otro 18,2 % señala que esa presión proviene directamente del entorno cercano, amigos, familia, o de lo que se observa en redes sociales, donde el éxito se mide en visibilidad y aprobación.
Aunque el 78,8 % asegura no haberse endeudado por aparentar, un 12,1 % admite haberlo hecho una sola vez, y un 9,1 % varias veces, lo que deja un 21,2 % de personas que han recurrido al endeudamiento para comprar ropa, regalos o experiencias pensadas para mostrarse.
“Las redes sociales han transformado profundamente las maneras como se construye la identidad, tanto individual como colectiva, que se ha desplazado hacia un lugar más público, dependiente de la validación externa”, explica Luis Barragán, sociólogo de la Universidad Manuela Beltrán.
“Muchas veces el ‘me gusta’, el ‘compartir’ o el ‘seguir’ se convierten en una validación de una audiencia anónima, que aprueba lo que se comparte en las redes y hace que se produzca una identidad que se ajusta continuamente a aquello que recibe mayor atención y aprobación”, agrega el experto. Una situación que puede ser tan cambiante como los algoritmos de las redes sociales.
Para muchos jóvenes, la visibilidad se ha convertido en un contexto de reconocimiento social y construcción de identidad tan fuerte, que no estar en redes sociales puede vivirse muchas veces como una forma de invisibilidad, de irrelevancia, o hasta de fracaso.

Una lógica de ajuste permanente
El estudio también revela que solo el 31,8 % de las personas planifica con claridad su presupuesto, mientras que la mayoría improvisa o tiene apenas una idea general de cuánto puede gastar.
Para los investigadores, este dato refuerza que muchas decisiones económicas se toman desde la emoción y la presión social, más que desde la planificación consciente.
“Desde la primera etapa de observación advertimos que el endeudamiento juvenil en Colombia ya no está centrado principalmente en las prácticas de inversión tradicional como educación, vivienda, o proyectos productivos de largo plazo, sino en la necesidad de construir una determinada imágen social”, indica Barragán.
Y agrega que uno de los hallazgos más significativos al hacer la investigación fue la profunda naturalización que se ha dado en los jóvenes del endeudamiento como una práctica cotidiana, que a veces es socialmente aceptada, pero muy pocas veces problematizada.
“Para muchos jóvenes que hicieron parte de la investigación, endeudarse no representaba una excepción o señal de alarma, sino más una condición casi estructural de la vida adulta temprana”, dice el sociólogo.
Pero, también llamó especialmente la atención que el malestar emocional asociado a esa deuda no se explica solamente a la dificultad por pagarla, sino al miedo constante de perder ese reconocimiento o esa pertenencia social que les permitía ese tipo de endeudamiento.
Y el agravante de todo esto es que la deuda se transforma en una carga silenciosa que los jóvenes sostienen de forma privada, que incluso puede generar un estrés permanente.

¿En qué se están endeudando los jóvenes?
“Una proporción considerable de las deudas estaba asociada a bienes y a experiencias altamente visibles y valoradas, como teléfonos de nueva generación, vestimentas, salidas, viajes, eventos o festivales de música”, explica el docente universitario.
“En las entrevistas que realizamos, los jóvenes vinculaban muchas veces estos gastos con expresiones como “no quedar mal”, “estar a la altura”, “no verse bien”, “mostrar que tenemos una vida exitosa”, etc.
Otra de las conclusiones del estudio es que estas decisiones no son aisladas, sino patrones reiterativos que se prolongan a lo largo de un periodo de tiempo, y que muestran cómo la presión social no solamente influye, sino que reorganiza las prioridades de los jóvenes.
Además, esta dinámica ratifica la autoexigencia y normaliza la comparación constante con otros. Esto a largo plazo no solo compromete la estabilidad financiera de los jóvenes, sino también la salud emocional y la calidad de sus relaciones sociales.
En conclusión, el endeudamiento juvenil no puede analizarse solo desde variables netamente económicas, sino también desde lo simbólico y las relaciones personales que atraviesan a los jóvenes.
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