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¿Y si la plata fácil no es como la pintan?

Por: Alejandro Valencia

El silencio en la casa de Esteban no era de paz, sino de esa tensión espesa que precede a la tormenta. A sus 16 años, los gritos familiares y las alacenas vacías se habían vuelto un ruido de fondo insoportable.

En muchas regiones de Colombia, cuando hay peleas en la familia y problemas económicos en el hogar, este deja de ser un refugio para convertirse en un peso. Esteban sentía que cada día que pasaba en la casa era un problema. 

“No dejé el colegio porque no quisiera estudiar. Me fui porque en la casa ya no se podía estar. Todo era pelea, gritos, silencio. Yo sentía que estorbaba. Tenía 16 años y lo único que pensaba era en ayudar… o por lo menos en no ser una carga”, dice Esteban.

Su salida no fue una huida impulsiva hacia la nada. Fue, más bien, un camino pavimentado por promesas que brillaban en la pantalla de su celular.

Entre 2019 y 2024, más de 1.200 niños, niñas y adolescentes fueron sacados de sus hogares, colegios y comunidades para participar en el conflicto armado, lo que representa un aumento del 300%  según datos de la Naciones Unidas. 

El último informe de la Defensoría del Pueblo con fecha del 17 de septiembre revela que entre enero y agosto de 2025 se documentaron 88 casos de reclutamiento de niñas, niños y adolescentes en el país.

El Cauca concentra la mayoría de los casos, 27 en total. Los departamentos de Antioquia, Huila y Chocó presentan 8 casos de reclutamiento forzado cada uno. El informe muestra lo compleja que es la situación en las zonas rurales y periféricas, donde hay mayor control social por parte de los actores armados.

Esteban le contó a su novia cómo se sentía. Ella era una estudiante nueva de su colegio, en Bogotá, que venía del Cauca, quien le dio una idea que para él en ese momento brilló como una oportunidad.

La captación de menores ha cambiado sus formas. Ahora, el reclutamiento puede empezar con video en Facebook o Tik Tok o un mensaje. En el caso de Esteban, fue su novia quien le habló de una «posibilidad». 

Poco después de esa charla, el mundo digital hizo lo suyo. Personas vinculadas a una disidencia de las FARC le contactaron por redes sociales. Le enviaron videos donde le explicaron el trabajo. El trabajo que le ofrecían era el de raspar coca por unos días ganando buen dinero. En su cabeza esa sonaba como una opción real. 

“No llegaron con armas ni amenazas. Fue distinto… Me mandaron videos, fotos del trabajo, de la plata que supuestamente se ganaba. Todo se veía fácil. Normal. Al final, ellos mismos me compraron el pasaje en bus hasta Popayán. Ahí fue cuando entendí que ya no era solo una idea… ya estaba en camino”, dice Esteban.

Al llegar a la zona rural del Cauca, la realidad golpeó a Esteban con el olor del combustible y el peso de la humedad. El trabajo de «raspachín», quien recolecta la hoja de coca, es una de las labores más agotadoras de la cadena del narcotráfico. 

“Era levantarse antes de que saliera el sol. La espalda doblada todo el día, las manos quemadas por los químicos, el cuerpo cansado pero sin poder parar. Uno no cuenta las horas, cuenta el dolor”, dice Esteban recordando las extensas jornadas entre los arbustos. 

Pero el dolor físico no fue lo peor. Fue que aunque trabajaba, el pago no llegaba. Cada vez que Esteban preguntaba aparecía una excusa, un “después”.

Pero el mayor control no fue una celda, sino una moto. En un gesto que parecía generosidad, el grupo le entregó un vehículo para que se desplazara. Sin embargo, en cuestión de días, el «regalo» se transformó en una deuda impagable. Esteban ya no trabajaba para ganar dinero; trabajaba para pagar un objeto que no había pedido y que lo ataba a la organización.

El siguiente paso fue el reclutamiento armado. Le dijeron que, si realmente quería ver dinero, debía pasar por un «entrenamiento». “No lo dijeron como una opción. Dijeron: ‘ya estás aquí, ya sabes demasiado’. Ahí sentí miedo de verdad”, dice Esteban

En ese momento, Esteban comprendió que el fusil era el siguiente paso lógico de la motocicleta. “Yo pensé: si acepto, ya no hay vuelta atrás. No era solo cargar un arma. Era convertirme en alguien que no quería ser. Preferí arriesgar la vida escapando que perderla quedándome”. Su escape fue un acto de fe ciega, corriendo por el monte con el pulso a mil, sabiendo que un error significaba el final. “Corrí sin mirar atrás… si me agarran, hasta aquí llegué. Pero seguí”.

Esteban logró regresar a la vida civil, pero las cicatrices de esos dos meses en el Cauca no han cerrado del todo. Su historia es un recordatorio de que la vulnerabilidad y la falta de oportunidades es el caldo de cultivo perfecto para el reclutamiento y para la guerra.

“A veces la gente cree que uno entra porque quiere. No ven lo que hay antes: el hambre, el miedo, la soledad. Yo no buscaba una guerra. Solo estaba buscando una forma de vivir”, reflexiona. Hoy, su mensaje para otros jóvenes es de una claridad dolorosa: “Les diría que desconfíen de las promesas fáciles. Que nadie regala plata sin cobrar algo después. Y que pedir ayuda no es ser débil… débil es quedarse callado”.

La «plata fácil» resultó ser la más costosa de su vida. Una que casi le cuesta la libertad, la identidad y la propia existencia.

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