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Caucasia: ¿Cómo seguir cuando el miedo está tan cerca?

Advertencia de contenido: Temas sensibles. Se sugiere discreción. No dudes en buscar ayuda o hablar con alguien si lo necesitas 

Caucasia, en el Bajo Cauca antioqueño, ha vivido días muy duros.

Dos noticias han golpeado fuerte al municipio y especialmente a los jóvenes.

La primera: la muerte de un niño de 12 años tras la explosión de un objeto que encontró en un potrero.

La segunda: Gabriel Enrique Arenas, estudiante de la Universidad de Antioquia, apareció muerto después de cinco días desaparecido.

Dos historias distintas. Un mismo impacto: miedo, dolor y muchas preguntas.

¿Cómo seguir adelante cuando da miedo salir, jugar o simplemente estar en la calle?

“Esto le baja mucho la moral a los chicos porque pueden empezar a ver el Bajo Cauca como una zona peligrosa”, dice María José Pérez Gil, presidenta del Consejo Municipal de Juventud (CMJ).

Todo empezó con una búsqueda angustiante.

Gabriel, de 24 años, desapareció el 30 de abril después de salir a guardar su moto.
Durante días, su familia y la comunidad lo buscaron sin parar.

Cuando encontraron su cuerpo, el dolor fue colectivo. Hubo una marcha pacífica pidiendo respeto por la vida.

Pero la semana no terminó ahí.

El domingo 3 de mayo, en una zona rural conocida como La Garrapata, ocurrió otra tragedia.

Un niño de 12 años encontró un objeto en un potrero. Le pareció curioso. No sabía que era una munición de mortero, un arma usada por grupos armados.

La llevó a su casa. La manipuló. Y explotó.

El niño murió.

Otros tres jóvenes, de 12, 18 y 20 años, resultaron heridos.

En municipios como Caucasia, El Bagre y Segovia, el conflicto ha dejado huellas que siguen ahí. Minas, explosivos, objetos peligrosos escondidos en la tierra.

El coronel Luis Fernando Muñoz, comandante de la Policía de Antioquia, explicó que el artefacto fue encontrado en un potrero y explotó dentro de la vivienda.

Eso es lo más difícil: el peligro no siempre es visible.

Puede estar cerca de donde la gente vive, trabaja o juega.

Por eso, la Defensoría del Pueblo empezará capacitaciones para que la comunidad aprenda a reconocer estos riesgos y sepa cómo actuar.

En medio de todo esto, hay voces que resisten.

María José Pérez tiene 17 años y es presidenta del CMJ en Caucasia. Estuvo en el entierro del niño. Sintió el dolor de todo un pueblo.

Pero también tiene claro algo: rendirse no es opción.

Para ella, lo que pasó es una “llamada de alerta”. Cree que los jóvenes deben pensar en su futuro y alejarse de caminos que pueden ponerlos en riesgo, como el consumo o los grupos armados. 

Desde el CMJ trabajan en temas que realmente importan, como el deporte y la cultura.

“Un joven que hace deporte es un joven que le quitamos al consumo”, explica. 

También impulsan iniciativas de apoyo en salud mental y promueven el respeto y la inclusión para todos.

El miedo es real y es válido.

Pero María José cree que hay una forma de enfrentarlo: la empatía.

“Antes de juzgar a un joven, hay que ponerse en su lugar. Muchos tienen problemas en casa, pero siempre tienen la iniciativa de buscar una solución”, dice.

También recuerda algo importante: Caucasia no es solo violencia. Es comunidad.
Es gente que quiere salir adelante.

“Desde la solidaridad y la empatía se puede hacer un cambio. Yo he logrado entender que sí se puede”.

Hoy, la comunidad sigue unida. Acompañando a las familias. Intentando sanar.

Y los jóvenes tienen claro lo que piden: no solo seguridad. También oportunidades.

Porque nadie debería crecer con miedo de lo que puede encontrar en la tierra o de lo que puede pasar en la esquina.

Y mucho menos sentir que sus sueños pueden desaparecer así, de un momento a otro.