
Ilustración: Isabella Meza Viana
Por: Redacción Radio Trompo
El 17 de marzo de 2026, Sonia Alejandra Izquierdo Rocha salió de una oficina en Chicó, al norte de Bogotá. Tenía 24 años y cursaba sus prácticas de Derecho en el Tribunal Administrativo de Cundinamarca. Nunca llegó.
Tras horas de búsqueda angustiante por parte de su familia, las autoridades confirmaron la noticia: Sonia falleció en un accidente mientras se movilizaba en una motocicleta que pidió por aplicación. Su moto se chocó contra un camión de carga.
El caso de Sonia no es una cifra aislada. Es el rostro de una estadística que no deja de crecer en Colombia. Aunque ella no iba manejando, la moto en la que iba chocó contra un camión y otro carro. Ella se llevó la peor parte.

Según la Agencia Nacional de Seguridad Vial aumentó el número de jóvenes accidentados. Pasó de 2358 en el 2024 a 2556 jóvenes en el 2025.
Alrededor del 60% de los accidentados se movían en moto.
El riesgo de ser demasiado relajados
Para algunos, la tragedia llega sin necesidad de ir a alta velocidad. Laura Zopón, una ingeniera civil de 23 años, vivió para contarlo. Eran las siete de la noche en el Alto del Vino, una zona de curvas cerradas y poca iluminación cerca de Bogotá. Laura viajaba a 50 km/h con un acompañante cuando perdió el control.
«La vía estaba oscura. En la segunda curva la moto empezó a patinar y nos caímos», recuerda Laura.
Solo tuvo unos golpes y raspones. Todo por culpa de la llanta trasera que iba desinflada.
Laura cuenta que era muy «relajada» con el mantenimiento de su moto.
Su caso pone sobre la mesa otra cuestión: el exceso de confianza no solo está en el acelerador, sino también en el estado del vehículo.
Los usuarios de moto son los más expuestos en la vía. El año pasado fallecieron más de 2.800 personas en ellas.
Una radiografía del peligro
Los datos respaldan la gravedad del panorama.
Según Felipe Carvajal, contratista del Observatorio de Seguridad Vial, la siniestralidad juvenil ha aumentado un poquito cada año si se compara con el anterior. El único donde hubo una reducción fue en el 2020, donde hubo cuarentena por el COVID-19.
El perfil del riesgo es claro. Los hombres representan el 77% de los accidentes, frente al 23% de las mujeres.
Además, el mayor impacto ocurre en motocicletas durante los fines de semana y las madrugadas de los lunes.
Carvajal menciona un cambio en la manera de referirse a las cosas: ya no se habla de «accidentes», sino de siniestros viales.
«Un accidente es algo que no se puede prever. Un siniestro es predecible cuando yo aumento la velocidad o infrinjo una norma», afirma el experto.
Según su análisis, el error humano es la causa principal.
El aula frente a la huella
Si el error es humano, la formación debería ser la solución. Sin embargo, el sistema de enseñanza tiene unos problemas grandes también.
Isabella, una administradora de 22 años que está haciendo el curso obligatorio para sacar su licencia de conducción, critica la metodología actual.
«El ideal de las clases debería centrarse en el aprovechamiento del tiempo teórico, evitando esos tiempos no productivos», denuncia Isabella.
Según ella, lo único que parece importar es cumplir con la asistencia.

La joven pide que la formación incluya casos reales, mecánica básica y conducción preventiva para no repetir los mismos errores que todos.
Lo que dice Isabella se pone más problemático al escuchar a Luis Redondo, abogado, instructor de conducción y auditor en seguridad vial.
Él dice que los centros de enseñanza enfrentan obstáculos como la distracción por celulares y evaluaciones superficiales. Además, «el conductor parece olvidar la formación recibida apenas toma el volante», asegura.
Así que no solo se enseña poco, sino que según Luis, todo se olvida rápidamente.
Ego y herencia
Redondo habla de otro punto clave: la competitividad. Para muchos jóvenes, el deseo de mostrar que es más veloz o hábil para manejar importa más que la seguridad. A esto se suma lo que él llama la «falta de sentido de propiedad».
Además, existe una herencia cultural. Según Luis, la irresponsabilidad se aprende desde la infancia al observar a los padres infringir normas básicas, como circular en contravía o no usar el casco.
«Esa herencia crea una resistencia tan fuerte que el mal hábito prevalece sobre la enseñanza técnica», dice el instructor.
Un rayo de esperanza en el sur
A pesar del aumento nacional, hay ciudades que logran nadar contra la corriente. Neiva, por ejemplo, registró una reducción del 27.27% en la siniestralidad juvenil entre 2024 y 2025.
Felipe Carvajal atribuye esto a esfuerzos de regulación y control, especialmente en horarios nocturnos donde el consumo de sustancias solía ser una de las mayores causas de incidentes
El debate entre ser «buñuelo» o «imprudente» parece no tener una respuesta única. Es una mezcla de falta de conocer y saber manejar bien, un sistema de formación que se limita a cumplir requisitos y un ego que ignora la norma.
Como concluye Carvajal, la seguridad vial es una corresponsabilidad: desde los padres que entregan las llaves hasta el joven que decide si acelera o revisa sus llantas antes de salir.




