
Por: María Angélica Orozco
“Me quitaron el teléfono y me dijeron que no podía regresar. Durante días me asignaron tareas de vigilancia y transporte de objetos. Siempre había alguien observando. Repetían que conocían a mi familia y que no intentara escapar”, dice Esteban*, un adolescente de 15 años que fue reclutado por un grupo armado. Su historia comenzó jugando en internet.
El conflicto armado en Colombia se ha adaptado a las nuevas tecnologías. Mientras el Estado intenta negociar o combatir a los grupos armados, estos han ocupado un nuevo territorio: el digital. Las redes sociales se han convertido en un espacio clave para el reclutamiento de menores de edad.
Para muchos jóvenes, internet es un escape de la rutina. Pero mientras juegan videojuegos, ven videos en TikTok o participan en grupos de Facebook, pueden estar siendo observados por personas que buscan acercarse a ellos. Los grupos armados ya no necesitan estar físicamente en carreteras o veredas para atraer jóvenes; ahora basta con una solicitud de amistad o una invitación a un chat.
La ONG Vivamos Humanos, en su investigación El algoritmo en el conflicto armado. Reclutamiento forzado a través de redes sociales, señala que “el escenario digital no es neutral: es un nuevo campo de disputa donde los actores armados posicionan narrativas, consolidan formas de control simbólico y captan población vulnerable”.
Cuando todo comenzó
Todo empezó en un videojuego, su forma de escapar de la rutina. Lo halagaban y se ganaron su confianza poco a poco.
“Me decían que yo era inteligente y que podía hacer cosas importantes”, recuerda Esteban.
Él les contó sus sueños: ayudar a su mamá y salir de la pobreza. Ellos dijeron entenderlo. Las conversaciones dejaron de ser sobre el juego. “Luego me invitaron a un grupo de chat. Allí compartían videos y fotos que mostraban dinero, motocicletas y armas”.
“Se está vendiendo una narrativa aspiracional, de poder, pertenencia y reconocimiento. El estatus que se promete juega un papel importante”, explica Sebastián Solano, investigador de PARES, citando estudios de la JEP que identificaron más de 140 cuentas activas en TikTok promoviendo esta vida. Solano señala tres elementos principales: “el dinero rápido, el estatus de pertenecer a estos grupos y la falta de oportunidades en los territorios”.
A Esteban le ofrecieron trabajo, dinero y hasta el pasaje del bus. “Todo parecía una vida distinta, con poder y reconocimiento”, cuenta. En el chat veía jóvenes riendo y mostrando una imagen de “familia”. Impulsado por la esperanza y la falta de opciones, aceptó viajar.
«Me quitaron el teléfono y me dijeron que no podía regresar. Desde ese momento ya no tuve control sobre lo que hacía ni sobre a dónde iba», recuerda.
Lo que siguió fueron días de vigilancia constante. La “familia” digital resultó ser un grupo armado que ya sabía cosas de él y de su familia. La emoción inicial se convirtió en miedo. Entendió que entrar había sido fácil, pero salir no.
Semanas después logró escapar durante un descuido. Caminó por horas, escondiéndose. Cuando llegó a un caserío, tenía hambre y miedo. Intentó pedir ayuda, pero muchos desconfiaban. Finalmente, una mujer le permitió hacer una llamada. Al escuchar la voz de su madre, rompió en llanto. El viaje de regreso fue tenso, pero logró llegar a su pueblo.

Las cifras
Entre 2019 y 2024, al menos 1.200 menores fueron reclutados en Colombia, un fenómeno impulsado por el uso de las redes sociales. Sin embargo, la cifra real es difícil de conocer: el miedo y el control territorial impiden que muchos casos se denuncien, sobre todo en zonas rurales.
Sobre esto, Solano advierte: “En los últimos tres años han disminuido las denuncias mientras el reclutamiento sigue aumentando. No es que el problema haya bajado, sino que se reporta menos”.
Uno de los principales problemas es que muchos jóvenes no protegen sus datos en internet. Pero más que recurrir al miedo o a las prohibiciones, la clave está en entender cómo funciona el entorno digital y aprender a cuidarse dentro de él. En ese sentido, Ana María Centeno, de COALICO, explica que el cuidado digital debe basarse en la comprensión: “Así como enseñamos a cuidar el cuerpo, necesitamos hablar también del cuidado de la información y de los datos personales”.
Hoy Esteban entiende que el reclutamiento no empezó cuando se subió al bus, sino meses antes, cuando alguien se ganó su confianza en un chat. Le tomó tiempo hablar de lo ocurrido.
Su historia recuerda que, en el mundo digital, el peligro no siempre se ve evidente: a veces aparece como un perfil amigable que conversa mientras juegas.
Mi Historia
Ante este panorama, organizaciones como la Fundación Mi Historia trabajan para prevenir el reclutamiento y ofrecer alternativas reales a jóvenes en territorios con pocas oportunidades. Su apuesta es demostrar que existen otros caminos posibles: educación, acompañamiento y proyectos de vida dignos.
Porque, aunque la guerra también se mueve en internet y sabe hablar el lenguaje de los jóvenes, la esperanza y las oportunidades concretas siguen siendo la forma más fuerte de evitar que más historias como la de Esteban se repitan y de que otros adolescentes puedan construir su futuro lejos del conflicto.






