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Neurodivergencia en las aulas: ¿Si soy pez, por qué debo aprender a trepar árboles?

Ilustración: Isabella Meza Viana

Por: Redacción Radio Trompo

Imagina que eres un pez. Eres rápido y ágil en el agua. Pero, de repente, alguien te dice que para ser un «buen estudiante» debes demostrar que sabes trepar un árbol. 

Suena absurdo, ¿verdad? Pues esa es la realidad de miles de niños y jóvenes neurodivergentes en las escuelas.

“Cuando no me pude amarrar los zapatos, no pude aprenderme la cancioncita del conejito y no entendía, me di cuenta de que algo estaba raro en mí, que yo era diferente a los otros niños”, dice Max Cristancho, neurodivergente, creadora literaria e integrante de la colectiva Neurodivergencias en resistencia.

Ella apenas aprendió qué es la divergencia estando en la universidad. Pero viendo hacia atrás, siempre fue así, solo que no sabía qué era. Pero al entender el funcionamiento de su cabeza, aprendió más acerca de ella misma. 

La neurodivergencia es un concepto que se utiliza para reconocer otras formas del funcionamiento del cerebro, por fuera de lo típico. Así que hay una manera diferente en la que cada persona procesa la información.

Es como si el cableado del cerebro fuera distinto. 

A Max la neurodivergenecia la ha tocado para bien y para mal, pero dice que sin esto, no tendría la sensibilidad que tiene ni se hubiera dedicado a las artes. 

Ella tiene una forma muy particular de explicar lo que pasa por su cabeza: “Siento que siempre he vivido en la dualidad. En estar pensando y sobrepensando. Teniendo muchos estímulos internos y externos”.

Dice que su cabeza es como la pintura del El Bosco, el Tríptico de El jardín de las delicias. Una obra que tiene decenas de escenas sucediendo a la vez en tres diferentes lugares y tiempos. 

Para Mar Candela, educomunicadora y activista, el problema no está en los estudiantes, sino en el sistema educativo. Ella explica que vivimos bajo una «neuronorma» que nos obliga a todos a ser iguales.

«Obligar a un pez a trepar es una forma de violencia que busca anular su naturaleza», afirma Mar, quien además es creadora de Feminismo Artesanal y líder de la colectiva Neurodivergencias en Resistencia. Ella también es neurodivergente.

Según ella, el sistema educativo actual funciona como una «máquina de producción» que prefiere que el pez fracase trepando en lugar de dejarlo nadar.

Así se no se aprovecha la diversidad, ni se entienden las habilidades de todos. 

La neurodivergencia es un concepto amplio que abarca diversas configuraciones cerebrales  del estándar «neurotípico». Las formas más conocidas incluyen el autismo (TEA), TDAH, dislexia, discalculia, dispraxia, síndrome de Tourette, altas capacidades y el trastorno de procesamiento sensorial. 

Aunque nombrar es importante, lo ideal es ir más allá del diagnóstico y comprender cómo funcionan esas conexiones. Según expertos de la Universidad de Stanford, entre el 15% y el 20% de la población mundial es neurodivergente.

Pero en Colombia estamos en el limbo. No se sabe cuántas personas son neurodivergentes. Desde el desconocimiento es imposible darle herramientas a todos para incluirlos y aprovechar sus capacidades. 

En el día a día, los profesores son quienes intentan cambiar las reglas del juego. Stephanie Jiménez, docente con 8 años de experiencia, cuenta que trabajar con niños neurodivergentes es «enriquecedor, pero muy retador».

En el salón de clases no existe una receta única para atender a los niños y niñas con neurodivergencia. Tiene que hacer adaptaciones de las actividades, para poder incluir a todos. 

Ella cuenta que pocas veces se puede hacer la misma actividad para todos los casos de neurodivergencia.

“Normalmente si hay dos niños o tres de neurodivergencia en el aula se deben hacer pues tres actividades diferentes adaptadas a la necesidad de cada uno de ellos”, dice Stephanie.

«Hay momentos frustrantes», confiesa. «Te debates entre ponerle atención completa al niño neurodivergente o atender al resto del grupo. Requiere mucho control emocional y paciencia».

Además, ella no solo le enseña contenidos educativos a sus estudiantes, también quiere guiarlos en el fortalecimiento de sus habilidades sociales.

Pero no todo es estudio. Estefany destaca algo muy bonito: cuando hay inclusión y empatía. Muchos estudiantes  se convierten en «padrinos» de sus compañeros neurodivergentes, cuidándolos y apoyándolos. 

Incluso, entender que la profesora a veces necesita hacer un acompañamiento específico para los demás es de gran ayuda. 

Para las familias, encontrar un colegio que entienda estas diferencias es un alivio inmenso. Esperanza Rodríguez es madre de un joven de 15 años con neurodivergencia.

Su aprendizaje es más lento porque no retiene del todo la información, cuenta  Esperanza. 

Para ella, lo más difícil es la mirada de los demás. «Si digo que mi hijo de 15 años no sabe hacer una suma, no sabe hacer una resta, abren los ojos», cuenta Esperanza. Y ahí la juzgan a ella y a su hijo sin entender lo que vive.

Sin embargo, las adaptaciones en su colegio lo han cambiado todo. Su hijo usa libros diferentes y aprende a su propio ritmo, pero comparte el aula con chicos de su edad.

«Él se siente mejor entendido, se le da un lugar», dice Esperanza. «Lo más importante es que él se sienta seguro de lo que quiere aprender».

Eso fue muy difícil para Max Cristancho cuando era pequeña. Se sentía diferente, que no encajaba. 

“Tuve que intentar encajar como poniéndome una máscara para poder asumir las relaciones”, recuerda Max. 

Si ya sabemos cómo ayudar, ¿por qué sigue siendo tan difícil? Mar Candela es clara: el sistema tiene miedo a la “diversidad  y enfáticamente a la neurodiversidad” porque cree que no es rentable.

«Falta inversión en formación humana. Seguimos viendo la diferencia como una falla que debe ser reparada, cuando debería ser acompañada», explica Mar.

Pero esto no se queda solo en las aulas. Para ella falta más entendimiento en el mundo en general. Pero eso parte desde las aulas con una “educomunicación real en las aulas que permita traducir las necesidades de todas las personas”.

La educación no debería ser una carrera para ver quién llega primero a la cima del árbol. Se trata de que cada persona, ya sea «pez», «pájaro» o «ardilla», encuentre su propia forma de brillar sin perder su salud mental en el camino.

Y tú, ¿has sentido que siendo pez te han puesto como examen trepar un árbol?

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