
Por: María Paula Suárez Navas
La madrugada del 3 de enero marcó un punto de quiebre en la historia reciente de Venezuela.
Tras una operación militar liderada por Estados Unidos, Nicolás Maduro fue capturado luego de una serie de bombardeos selectivos en Caracas.
La noticia recorrió el mundo en cuestión de horas y despertó una mezcla de alivio, miedo, esperanza y desconcierto dentro y fuera del país, teniendo en cuenta la historia de represión y dictadura.
Aunque la captura de Maduro no significa de inmediato el fin de la crisis política, social y humanitaria, sí abrió una nueva etapa cargada de incertidumbre.
¿Por qué está ocurriendo esto?
Según Donald Trump, presidente de Estados Unidos, Nicolás Maduro es acusado de «conspiración narcoterrorista, conspiración de importación de cocaína, posesión de ametralladoras y dispositivos destructivos y conspiración para poseer ametralladoras y dispositivos destructivos contra los Estados Unidos», por lo que es declarado enemigo y criminal.
Los ataques de Estados Unidos a Venezuela, principalmente a supuestas embarcaciones de narcotráfico, se han venido perpetrando durante todo el 2025, pero con más severidad y frecuencia durante el último trimestre.
Mientras tanto, el gobierno venezolano siempre ha rechazado los ataques, advirtiendo a la comunidad internacional que se trata de una grave agresión militar cuyo fin es apoderarse de los recursos estratégicos de Venezuela, en particular de su petróleo y minerales.
Pero esta discusión política tiene mucha historia detrás, que en gran medida tiene que ver con el régimen de represión instaurado por Hugo Chávez, desde 1999.
Los ideales del chavismo estaban basados en el llamado socialismo del siglo XXI, la necesidad de involucrar al Estado en la economía del país, y un discurso antiimperialista (contra Estados Unidos, principalmente) y la centralización del poder.
Tras la muerte de Chávez, Nicolás Maduro asumió la presidencia en 2013 y el chavismo continuó gobernando en un contexto de profunda crisis política, económica y social, marcada por una vida muy cara de sostener, migración masiva de la ciudadanía, deterioro de servicios básicos y confrontación institucional.
En medio de ese escenario, Radio Trompo habló con tres adolescentes venezolanos que viven realidades distintas: una adolescente que permanece en Venezuela, otra joven que emigró a Estados Unidos y un joven que creció en Colombia. Sus historias están atravesadas por la migración, el miedo, la familia y un deseo común: poder vivir en paz y construir un futuro digno.
Seguridad y familia como refugio
Por razones de seguridad, la adolescente que vive actualmente en Venezuela permanecerá en el anonimato. Tiene 12 años, le gusta dibujar, jugar videojuegos y pasar tiempo con sus amigos. Su materia favorita es Arte y Patrimonio, y habla de Venezuela con orgullo y cariño.
“Yo me siento muy orgullosa de mi país, porque somos personas que luchamos por nuestros sueños”, dice.
El día de los bombardeos no entendió de inmediato lo que estaba ocurriendo. Vive en otro estado y se enteró al día siguiente. Sus padres le explicaron la situación y la acompañaron mientras veían las noticias.
“Me hicieron sentir que todo iba a estar bien, que podía estar segura”, cuenta.
Para ella, la sensación de bienestar depende en gran parte de estar con su familia, pero su mayor preocupación es que haya más bombardeos por la intervención extranjera.
“Yo quiero que estemos tranquilos y en paz, como antes. Quiero graduarme de diseñadora gráfica, tener oportunidades aquí y ayudar a mi familia. Pero por ahora, como niña, mi responsabilidad es estudiar”, afirma.
Mientras regresan las clases, pasa sus días dibujando y jugando con sus amigos, aferrada a la normalidad como una forma de resistencia.

“Parte de mi felicidad depende de que Venezuela sea libre”
Valeria tiene 18 años y vive en Estados Unidos desde hace cinco, luego de que su familia solicitara asilo político. Estudia Psicología y recuerda con claridad lo difícil que fue migrar siendo adolescente, sin dominar el idioma y enfrentándose a un sistema educativo completamente distinto.
“Hubo muchos momentos malos, lloré mucho, pero aprendí que no importa lo que pase, hay que seguir adelante”, dice.
Extraña profundamente a su familia en Venezuela, especialmente a sus abuelas y tías, con quienes creció hasta los 14 años. Sus recuerdos del país están marcados por apagones, protestas y miedo.
“Una vez no hubo luz por una semana y no pude hacer una presentación para el Día de La Mujer en el colegio que había preparado con mucho esmero. Sentía rabia de que tanta gente sufriera y nadie hiciera nada”, recuerda.
La noche de la captura de Maduro, Valeria estaba despierta en una pijamada con su hermana menor y una prima. Fue ella quien despertó a sus padres para darles la noticia.
“Yo pensaba, ¿qué está pasando? Nunca pensé que estuvieran haciendo eso para sacar a Maduro. Mi papá se despertó y empezó a ver las noticias también”.
Valeria siguió en su pijamada, pero una hora después su mamá entró al cuarto intempestivamente. Pensó que las iba a regañar porque estaban haciendo mucho ruido, pero se puso a llorar y les dijo -agarraron a Maduro- “Y todos nos pusimos a llorar, es algo que nunca olvidaré”.
“Estoy feliz de que lo hayan sacado y que lo tengan en un lugar donde ya no puede hacer daño, pero tengo mucho miedo por lo que puede pasar los siguientes días y meses, porque el cambio tal vez si está pasando, pero que lo hayan sacado no es lo único que tiene que pasar para que haya un cambio en Venezuela, y me angustia mucho lo que pueda pasar”.
Frente a cómo se siente hoy, cerca de una semana después de la captura de Maduro, Valeria tiene otra incomodidad, que tiene que ver más con la sociedad en la que está inmersa.
“Veo mucho las redes y no me gusta que gente que nunca ha vivido en Venezuela y que nunca ha pasado por una dictadura, hable de cosas que no entiende. Veo a mucha gente hablando de lo que puede pasar en Venezuela, y sí, la historia es muy importante, eso no se puede negar, pero nadie habla de lo que ha pasado en Venezuela, cuando estaba la Ley de Tabura, las protestas, los apagones. Eso además me pone triste porque es como borrar la historia de lo que los venezolanos han hecho por muchos años”, afirma.
Valeria no sabe si regresaría a vivir a Venezuela, pero si quiere ayudar a que el país prospere y reconstruir vínculos. “Quiero ser una psicóloga exitosa, pero gran parte de mi felicidad depende de que Venezuela sea libre y de poder volver a ver a mi familia”.

El entendimiento que llegó con lágrimas
Santiago tiene 16 años de edad y vive en Colombia desde que tenía uno, por lo que, de cierta manera, se siente más colombiano que venezolano. De hecho, su acento es en de un ´rolo’ o bogotano promedio. Va a pasar a grado 11, y cuando se gradúe, piensa trabajar un tiempo en un call center, y después, estudiar Fisioterapia.
A pesar de las oportunidades que ha tenido aquí y de no haber vivido en Venezuela, lo que sí lamenta es no haber tenido la oportunidad de compartir con sus abuelos.
La primera vez que visitó Venezuela tenía 7 años. Recuerda entrar a una tienda y darse cuenta de que no había casi nada, ni siquiera agua, y que lo poco que había era muy caro. “Pensé, eso debe ser lo que vivieron mis papás por mucho tiempo”, cuenta Santiago.
“Pero eso no me quita el orgullo que siento de ser venezolano y lo mucho que disfruto su cultura, porque eso no se quita”. Ama el acento venezolano y como suenan las conversaciones en familia, así como el pan de jamón y las hallacas que se comen en festividades decembrinas.
“Los pocos recuerdos que tengo de Venezuela cuando la he visitado son muy lindos, porque son en familia», dice Santiago. Y lamenta que en fechas especiales tenga que hablar con sus abuelos y tíos por videollamada porque no siente la misma felicidad que si pudiera abrazarlos.
El día que bombardearon Caracas y capturaron a Maduro, Santiago se despertó justo en la madrugada. Vio a su papás mirando noticias en el computador y el televisor al mismo tiempo.
“Mi papá me dijo, -están bombardeando Caracas-. No pensé que fuera algo que pudiera pasar. Trump había dicho que si pasaba algo era antes de Año Nuevo. Me quedé un rato con mi papá, y después de tres horas dijeron que habían capturado a Maduro. Empecé a sentir un vacío en el estómago. Cuando volteé a mirar mi papá estaba llorando. Yo jamás había visto a mi papá llorar así. Mi sentimiento inicial fue ¡Qué alegría! ¡Por fin! Pero al ver llorar a mi papá sentí un cambio de realidad, comprendí el sentimiento de mis papás y de todo lo que tuvieron que vivir allá, y sobrevivir a eso. Eso es algo que ningún colombiano puede entender, ese sentimiento de sentir al país desencadenado”.
Hoy Santiago siente desconcierto porque no sabe lo que está por venir. Le preocupa que María Corina Machado no quede de presidenta y que Donald Trump empiece a sacar petróleo y monte toda una industria petrolera, abusando nuevamente del país sin que haya nadie que le ponga freno.
“Yo quiero ir a Venezuela y conocer más de lo que he visitado con mi familia. Me han contado bastante de otros lugares, como San Roque, y que Venezuela es muy linda, pero que la dictadura lo ha opacado”, asegura Santiago.
Las voces de estos adolescentes revelan que, más allá de los titulares y los cambios de poder, el verdadero anhelo sigue siendo el mismo: seguridad, familia, oportunidades y la posibilidad de soñar sin miedo. La captura de Maduro abrió una puerta, pero para ellos, el futuro de Venezuela todavía está por construirse.
Si quieres escuchar esta historia de la voz de sus protagonistas, puedes hacerlo en este episodio de nuestro formato Onda del Día.



