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Rebeldía y malas decisiones: ¿Qué hay detrás?

Ilustración: Isabella Meza Viana

Por: Redacción Radio Trompo

Esta historia contiene testimonios de violencia, consumo de drogas y abuso sexual. Se recomienda discreción.

La historia de Liseth no empezó con un delito. Empezó con una pérdida. Cuando era apenas una niña, a los 12 años, su madre falleció. 

Ese vacío dejó una herida profunda que se transformó en rebeldía que años después de malas decisiones la hizo perder su libertad.

A esa edad, se la pasaba de pelea en pelea con su papá. «Yo estaba muy rebelde», recuerda Liseth. Las discusiones eran constantes. Su padre intentó enviarla con sus abuelos, pero ella sentía que no encajaba en ningún lugar.

Un día, tras una pelea fuerte, Liseth cruzó la puerta de su casa y no volvió. Tenía 12 años.

En la calle, sola y vulnerable, Liseth se encontró con un hombre que conocía. Era un amigo cercano de su papá. Él era mucho mayor que ella. Tenía unos 25 años, 13 más que ella.

A pesar de la diferencia de edad, Liseth se sintió atraída. Él la consentía. Le llevaba regalos y le decía palabras bonitas. «Él me decía: ‘tome que esto es para usted’. A mí eso me interesó», cuenta.

Ella cuenta que se puso «una venda en los ojos» y descartó las señales de alarma en la manipulación, consumo y violencia. 

La convivencia con este hombre la sumergió en una espiral de autodestrucción. Él consumía drogas y no se controlaba. 

«Yo nunca había probado la marihuana», cuenta. «Un día él me dijo que la probara y yo dije: ‘bueno, voy a probarla'». Ese fue el inicio de un consumo que escaló rápidamente al «perico«, el pegante y el alcohol más seguido.

La droga cambió la dinámica de la relación. El hombre que la consentía se volvió agresivo. Las peleas eran constantes y violentas. «Él llegaba como loquito, con su droga encima, y me pegaba. Era un maltrato», recuerda Liseth con tristeza.

A pesar de los golpes, ella lo perdonaba. Estaba atrapada. 

Para mantener el consumo y pagar los gastos del apartamento donde vivían, el hombre la invitó a robar. Al principio, Liseth tuvo miedo. No sabía muy bien qué hacer.

Su primer robo fue a un camión que transportaba carne. Se llevaron un bolso con dinero y un computador. «Sentí felicidad porque teníamos plata», dice Lisbeth.

Esa sensación de dinero fácil fue el combustible para seguir adelante y manejar el miedo. 

Pagaban el apartamento, compraban ropa y mercado. Pero una gran parte siempre se la gastaban en drogas y en fiestas.

La adrenalina de los robos y las fiestas no ocultaban una realidad dolorosa: Liseth vivía un infierno de maltrato físico y emocional.

La violencia de su pareja estalló definitivamente cuando ella intentó poner un límite.

Ese día, la pelea fue tan fuerte que la Policía llegó y se llevó a su pareja. Liseth aprovechó para escapar, y buscó a su familia, pero le dieron la espalda. 

Sin apoyo, terminó viviendo con una amiga y su hijo pequeño. La falta de empleo las acorraló hasta que aceptaron una oferta de dos conocidos para vender drogas.

A partir de ahí, la vida de Liseth se convirtió en una huida constante mientras se hundía más en el negocio del microtráfico.

La rebeldía inicial se había convertido en una carrera delictiva que la hundía en un espiral.

La vida de Liseth dio un giro definitivo cuando terminó en el Centro de Atención Especializada (CAE) La Esmeralda.

Pero todavía traía ese modo de alerta que aprendió en las calles.

Sin embargo, el encierro le dio algo que no tuvo en años: tiempo para pensar y herramientas para sanar. En La Esmeralda, Liseth retomó sus estudios. Los libros reemplazaron a las calles y los profesores a las malas compañías.

«El estar acá no es fácil», dice Liseth.. «Pero usted aprende a quererse».  Ha aprendido a valorar su propio bienestar.

Hoy, a los 18 años, Liseth mira hacia atrás después de haber vivido muchas cosas en muy poco tiempo. 

Sabe que su proceso es largo, pero está decidida a no volver a la vida de violencia y peligros constantes.

Su consejo para otras adolescentes es directo: no usen la rebeldía como una excusa para ponerse en peligro:

 «Si una persona le habla bien, usted hable bien. Si es agresiva, es mejor ignorar y alejarse».

Liseth sueña con terminar su bachillerato y seguir estudiando. En los pasillos de La Esmeralda, Liseth ya no es la niña con la venda en los ojos. Ya ve el mundo de otra manera.