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Se pierden 16 vidas jóvenes en un accidente de tránsito… y ¿quién responde?

Por Redacción Radio Trompo

El país está consternado por el accidente de tránsito que cobró la vida de 16 jóvenes que regresaban de su excursión de grado 11 y del conductor del bus que contrataron para regresar de las playas de Tolú a Antioquia.

Hay padres llorando a sus hijos que daban el salto hacia la Universidad; hay otros 20 compañeros sobrevivientes a la tragedia con un duro duelo por atravesar y la imposibilidad de constatar lo que verdaderamente ocurrió tras la muerte del conductor del vehículo. Hay muchos hechos que no se pueden revertir, pero pocas respuestas. Y a fin de cuentas siempre queda la misma pregunta en el aire… ¿quién responde por esta tragedia?

De una manera u otra hubo un error o una serie de errores que se cometieron. Unos más estructurales que otros, pero son cosas que hay que ajustar por parte del Estado, de las empresas de transporte, pero también por parte de los conductores, así lo explica Andrés Agudelo, abogado y gerente del Instituto Colombiano de Seguridad y Salud en el trabajo. 

El 14 de diciembre, un bus que transportaba a un grupo de adolescentes que estaban celebrando sus grados de 11 cayó a un precipicio. Las autoridades confirmaron un día después que 17 personas murieron en el accidente, incluido el conductor del vehículo y otras 20 resultaron heridas.

Los jóvenes recién egresados del Liceo Antioqueño de Bello habían hecho una excursión a Tolú, en Sucre, y estaban regresando a Bello, Antioquia. Ellos habían contratado la excursión con la empresa Senior Fest S.A.S., para celebrar en las playas de Tolú la graduación del colegio, pero la alegría terminó en tragedia.

La causa del accidente, que tuvo lugar entre los municipios de Remedios y Segovia, en Antioquia, todavía es materia de investigación por parte de las autoridades. La empresa contratada para el desplazamiento de los adolescentes según varios medios de comunicación sería Precolombina de Turismo Especializado Ltda (Precoltur), propietaria del bus que llevaba a los estudiantes.

Uno de los problemas que tiene que ver con las empresas es la tercerización de los servicios, donde, según explica Agudelo, no siempre se hacen los controles necesarios del plan estratégico de seguridad. 

Pero esto no solo tiene que ver con las empresas mismas, hay una falencia estatal a la hora de hacer vigilancia en el cumplimiento de las normas. Y esto se ve reflejado también en los talleres en donde son arreglados o revisados los vehículos. 

“Al no tener talleres certificados que realmente nos den esa esa fiabilidad en que el procedimiento sí fue realizado con los estándares de calidad, pues hacen que se tengan dudas frente a los mantenimientos que les hacen de manera por ahí hechiza, por decirlo de alguna manera”, cuenta Agudelo. 

Para él, incluso la agencia que vendió el viaje también tiene una responsabilidad en el asunto, ya que esta está en la obligación de verificar y controlar a sus contratistas, en este caso, la compañía de transportes, es decir, hay una responsabilidad compartida cuando una empresa contrata a otra y la vigilancia del cumplimiento de las condiciones de seguridad pasa a ser parte de las responsabilidades. 

Y todo esto termina recayendo también en el conductor, o más bien sobre los controles que se hacen al mismo, que si bien, en este caso, el conductor no tuvo ningún inconveniente, como lo dijo la dueña de la empresa en diferentes entrevistas, pues no hay controles de fatiga, por ejemplo, ni del vehículo.

No es la primera vez que las carreteras de Antioquia son escenario de tragedias que dejan víctimas mortales y múltiples heridos. A lo largo de los años, distintos accidentes han evidenciado los riesgos persistentes en las vías del departamento y las falencias en materia de seguridad vial.

Uno de esos casos ocurrió el 22 de enero de 2018 en el sector de Río Grande, entre los municipios de Don Matías y Santa Rosa de Osos, al norte de Antioquia. En ese hecho, un camión perdió el control y colisionó contra un bus que cubría la ruta Santa Rosa de Osos–Medellín. El impacto fue de tal magnitud que el bus terminó cayendo a un precipicio, dejando un saldo de cuatro personas muertas y 14 más heridas.

Otro accidente que quedó en la memoria colectiva se registró el 15 de septiembre de 2018, cuando un bus que se desplazaba desde Medellín hacia Belén de Bajirá, y que transportaba una excursión de estudiantes, se volcó en el sector La Chorquina, en jurisdicción de Santa Fe de Antioquia. El siniestro dejó como resultado la muerte de una menor de 17 años y dejó a otros 12 jóvenes heridos.

Estos antecedentes refuerzan la preocupación sobre las condiciones de seguridad en las vías de Antioquia y muestran que las tragedias viales no son hechos aislados, sino parte de un problema recurrente que sigue cobrando vidas y exige respuestas estructurales.

Desde 2022, Colombia ha tenido una cifra cercana a los 8.400 muertos por accidentes viales al año, según la Agencia Nacional de Seguridad Vial. Agudelo explica que enfocarse en actividades pedagógicas y educativas no es la solución completa para disminuir esta cifra. 

“Por falta de control, por falta de normatividad rigurosa clara y por falta de incluso vehículos seguros, entre otras cosas, hacen que hoy en día los resultados no tengan lo que se espera en términos de seguridad vial en el país”, finaliza Agudelo. 

La tragedia que cobró la vida de 17 personas no puede reducirse a un accidente fortuito ni a un único responsable. Las versiones conocidas hasta ahora revelan una cadena de fallas que involucra deficiencias en el estado del vehículo, controles insuficientes por parte de las empresas contratadas, debilidades en la supervisión estatal y vacíos en los sistemas de prevención de riesgos. 

Más allá de lo que determinen las investigaciones judiciales, el caso expone problemas estructurales en la seguridad vial del país y deja una pregunta de fondo: cuántas tragedias más serán necesarias para que el transporte de pasajeros, especialmente el de jóvenes y menores, sea realmente seguro en Colombia.

Tras vivir una experiencia traumática, el impacto emocional puede ser profundo y confuso. Afrontarlo requiere tiempo, paciencia y, sobre todo, comprensión hacia uno mismo. No hay caminos únicos ni respuestas inmediatas frente al dolor, y reconocer eso es un primer paso para iniciar el proceso de sanación.

Sentir tristeza, rabia, culpa o vacío es una reacción natural ante una situación límite, y no debe ser motivo de juicio personal. El duelo y la recuperación no tienen un ritmo fijo ni una forma correcta de vivirse; sanar no significa olvidar, sino aprender a convivir con lo ocurrido sin que defina por completo la vida. En ese camino, hablar de la experiencia puede ayudar, pero solo cuando la persona se sienta preparada. Compartir lo vivido con alguien de confianza, sin presiones ni obligaciones, puede aliviar la carga emocional y ayudar a ordenar pensamientos que, al principio, parecen imposibles de entender.