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Senegal Campeón: Una final Soñada

Por: Juan David Santos Chala

Marruecos llegó a la final con una generación reconocible. Achraf Hakimi, capitán y referencia; Brahim Díaz como enlace creativo; Hakimi como el gran capitán de la selección Marroquí; y Bono como de los mejores arqueros del mundo. Jugaban en casa, en el Prince Moulay Abdellah Stadium lleno y con la expectativa de cerrar un torneo que había avanzado sin tropiezos. Senegal, del otro lado, llegó con menos ruido, pero con una estructura conocida y una idea sostenida.

Desde el inicio, el partido se movió entre la intención marroquí de manejar el balón y la postura senegalesa de esperar, presionar por momentos y no perder el orden. Marruecos buscó amplitud por las bandas y asociaciones cortas en el medio. Senegal respondió cerrando espacios y apostando a transiciones rápidas. Ninguno logró imponerse.

El primer tiempo pasó sin goles y con pocas acciones claras. Hubo disputas constantes en la mitad del campo, interrupciones y un ritmo que nunca se consolidó. En el segundo tiempo el escenario no cambió. Marruecos empujó con más gente, Senegal retrocedió algunos metros, pero mantuvo la línea defensiva y la concentración.

Los 90 minutos se cerraron con el marcador en cero. El cansancio ya era evidente y la final entró en ese punto donde el error pesa más que la virtud. El partido parecía encaminado a definirse por un detalle, pero no primero sin haber un momento de película en esta final.

El partido tuvo un momento que lo detuvo todo. El árbitro sancionó un penal a favor de Marruecos tras revisión del VAR. La decisión generó reclamos inmediatos por parte de Senegal, al nivel que el equipo se retiró del campo de juego, causando un momento insólito en el mundo del fútbol. Pero minutos después regresaron al campo.

El cobro fue ejecutado por el joven Brahim Díaz. El penal no terminó en gol, pero sí dejó una huella en el desarrollo del partido. Marruecos perdió una oportunidad directa de ponerse en ventaja. Senegal encontró una razón para aferrarse al partido y sostenerse emocionalmente.

El tiempo regulatorio se acabó y comenzó la prórroga que inició con es detalle que cambió el partido. Un momento de terquedad y magia por parte de Senegal.

Senegal encontró el gol en un contraataque mortal de Pape Gueye. Un balón disputado, una segunda jugada y una definición que rompió el empate al minuto 94. Marruecos intentó reaccionar, pero el tiempo fue corto y la respuesta no alcanzó.

La polémica siguió después del encuentro. Las imágenes, los análisis y las interpretaciones dividieron opiniones. En el campo, el juego continuó. En la memoria del partido, ese penal quedó como un punto de quiebre.

Senegal volvió a ser campeón desde una lógica que no cambia. Un equipo que no se apura, que entiende los tiempos y que asume que las finales no se explican solo desde el juego. No necesitó dominar la posesión ni imponer condiciones permanentes. Necesitó resistir, esperar y ejecutar cuando tuvo la oportunidad.

El título confirma una continuidad. Senegal se instaló en los últimos años como una selección capaz de competir en escenarios exigentes y de sostenerse en partidos cerrados. La final ante Marruecos fue una muestra de eso. Ganó sin alterar su plan y sin perder el control incluso en los momentos de mayor tensión.

El festejo fue una descarga acumulada. No hubo desborde inmediato, sino una celebración que llegó después, cuando el partido ya había quedado atrás y el objetivo estaba cumplido.

Sadio Mané volvió a asumir el rol que lo atraviesa desde hace años. Cuando el partido se detuvo por la sanción del penal, fue uno de los jugadores que reunió al grupo, habló y exigió justicia por su selección. No fue un gesto para las cámaras, fue una intervención necesaria en un momento límite.

En el juego, Mané participó sin monopolizar. Presionó, retrocedió cuando fue necesario y sostuvo al equipo desde la experiencia. No marcó, pero influyó. En una final sin espacios, su presencia ordenó a Senegal en los momentos donde el partido amenazaba con romperse.

Este título lo vuelve a ubicar como una figura central del fútbol africano actual. No solo por lo que produce con el balón, sino por la forma en que entiende los partidos que definen una época. La final ante Marruecos no lo mostró como protagonista del marcador, pero sí como un líder en un encuentro donde el control emocional fue tan importante como el resultado.