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¿Cuánto vale mudarse para empezar a estudiar?

Por: Alejandro Valencia Carmona

Cuando María José Lobo era niña y vivía bajo el sol de Bucaramanga, solía repetir una frase que hoy le saca una sonrisa: «Nunca viviría en Bogotá; no me gusta el frío y no me gusta la ciudad». Hoy, a sus 22 años, María José no solo vive en la capital, sino que cursa dos carreras a la vez: Comunicación Social y Ciencias Políticas.

Su historia es la de miles de jóvenes que empacan su vida en un par de maletas para perseguir un título universitario y que retoman clases en estas semanas. Pero, tras el entusiasmo de la posibilidad de estudiar una carrera surge la pregunta que todo joven debe hacerse antes del viaje: ¿Cuál es el verdadero precio de mudarse para estudiar?

Para María José, la decisión tuvo dos pilares: la visión profesional y el mérito académico. «Desde la región siempre se ve que las oportunidades florecen más en Bogotá, especialmente en Comunicación», explica. El impulso final fue una beca que le abrió las puertas a estudiar en la universidad 

Sin embargo, ese «pase de entrada» es solo el inicio. Mudarse a una ciudad como Bogotá o Medellín, comparado con ciudades intermedias como Manizales o Bucaramanga, implica un salto al vacío financiero.

Según datos de mercado, analizados por la Universidad Manuela Beltrán en un estudio, la inversión inicial para independizarse desde cero en sectores como Chapinero y Teusaquillo en Bogotá, zonas que prefieren los jóvenes por su cercanía a zonas universitarias y opciones de entretención, puede oscilar entre $4.200.000  y $7.500.000, incluyendo depósitos, mudanza y el básico «kit de supervivencia» (cama, nevera, ollas).

Pero siempre está la opción de buscar residencias universitarias o buscar un apartamento o pieza amoblada, lo cual reduce bastante los costos, sobre todo para empezar, que es lo más difícil. Por ejemplo, una habitación amoblada cerca a la Universidad de Antioquia en Medellín puede costar alrededor de unos 600 mil pesos. Hay muchos en grupos de Facebook donde estudiantes pueden encontrar estas ofertas en diferentes ciudades del país.

Sin embargo, no todos los caminos son iguales. Ante los altos costos de la presencialidad, muchos jóvenes optan por la virtualidad para proteger sus finanzas. Es el caso de Juan Sebastián Baza, quien desde Tierralta, Córdoba, decidió estudiar a distancia. Aunque prefiere lo presencial, admite que mudarse a una ciudad desconocida sin redes de apoyo es financieramente inviable debido al gasto en pensión y comida.

Para Juan Sebastián, la virtualidad no es el camino fácil; requiere una organización extrema. «Uno ajusta sus propios tiempos, paga su internet y lidia con fallas del sistema; todo es muy autónomo», explica. Su realidad evidencia la desigualdad de oportunidades en las regiones y la resiliencia de una generación que se adapta para no sacrificar su futuro.

Más allá de los pesos, existe un costo emocional que no aparece en los folletos universitarios. «Lo más difícil es hacerse responsable de uno mismo… sobre todo cuando uno se enferma. Cuesta bastante estar lejos de casa», dice María José.

Este sentimiento de vulnerabilidad es muy común. La soledad, sumada a la presión de «no fallar», crea un terreno fértil para el estrés o pensar que es más difícil de lo que parece.

«Uno no está totalmente preparado para un cambio así», confiesa María José. «Es una mezcla de sentimientos: emoción por la nueva realidad, pero también la pregunta constante de si seré capaz de alcanzar la meta estando sola».

Para que la logística sea una realidad, el cálculo debe ser milimétrico. Aunque María José cuenta con el apoyo de sus padres, el «mantenimiento» diario es una tarea de planeación que no se puede olvidar.

Sus cuentas mensuales reflejan la realidad de un estudiante promedio:

  • Transporte: Como estudia en Chía pero vive en Bogotá, gasta cerca de $250.000 mensuales en flota intermunicipal.
  • Vivienda: Comparte un arriendo con su hermana de $1.600.000.
  • Alimentación: Los «corrientazos» universitarios y un mercado «bastante justo» suman otros $580.000.

En total, el costo de vida de María José ronda los $2.200.000 mensuales. Esta cifra se alinea con el promedio nacional para estudiantes en grandes capitales, que suele ubicarse entre los $1.7 y $2.5 millones, dependiendo del estrato. 

Un detalle vital que menciona el informe es la elección del estrato: vivir en un inmueble estrato 3, que cuenta con subsidios, puede ahorrar más de $100.000 en servicios públicos frente a un estrato 4, una diferencia que para un estudiante representa varios días de almuerzo.

La autonomía se aprende en el pasillo del supermercado. «Me di cuenta de que, como vivo con mi hermana, era más sencillo comprar un mercado pequeño en vez de uno gigante para evitar desperdicios», dice María José. También aprendió que ahorrar en transporte caminando o elegir estratégicamente con quién vivir son decisiones que alivian la carga mental.

A pesar de los desafíos, la balanza se inclina hacia el crecimiento. «Haber venido acá significó algo muy importante para mi crecimiento interior. Cuando uno tiene que convivir con uno mismo, se conoce bastante», cuenta María José.

Mudarse para estudiar es una inversión de alto riesgo y alta recompensa. El éxito no depende solo de tener el dinero para el arriendo o la disciplina para el estudio, sino de la capacidad de construir una nueva red de apoyo en una ciudad desconocida.

Como demuestra el caso de María José, la preparación económica es fundamental, pero la resiliencia mental es la que permite que un estudiante no solo obtenga un diploma, sino que regrese a casa, o se quede en la capital, transformado en el profesional que sueña ser.

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