
Por: María Angélica Orozco
Esta historia menciona situaciones difíciles como violencia y consumo de drogas. Se recomienda leer con acompañamiento de un adulto o docente.
La historia de Liseth no empezó con un delito. Empezó con una pérdida. Cuando tenía 12 años, su mamá falleció. Ese momento dejó un vacío muy grande. Liseth se sentía triste, enojada y sola. Poco a poco, esas emociones cambiaron su forma de actuar.
Discutía mucho con su papá. “Yo estaba muy rebelde”, recuerda Liseth. Sentía que nadie la entendía. Su papá intentó enviarla a vivir con sus abuelos, pero ella tampoco se sentía bien allí. Sentía que no pertenecía a ningún lugar.
Un día, después de una fuerte discusión, Liseth salió de su casa y no regresó. Tenía solo 12 años.
La venda en los ojos
Estar sola en la calle la puso en una situación muy peligrosa. Allí se encontró con un hombre que conocía, un amigo de su papá, que era mucho mayor que ella.
Al principio, él fue amable. Le daba regalos y le decía cosas bonitas. “Él me decía: ‘tome, esto es para usted’. A mí eso me interesó”, cuenta Liseth.
Con el tiempo, Liseth dejó de ver las señales de peligro. Ella dice que fue como tener “una venda en los ojos”. No se dio cuenta de que esa relación podía hacerle daño.
Un camino difícil
Cuando empezó a vivir con él, su vida cambió. El hombre consumía drogas. Liseth nunca lo había hecho, pero un día él la presionó para probar.
“Yo nunca había probado la marihuana. Un día él me dijo que la probara y yo dije: ‘bueno, voy a probarla’”, recuerda.
Después, él empezó a comportarse de forma agresiva.
“Él llegaba como loquito, con su droga encima, y me pegaba. Era un maltrato”, cuenta Liseth.
Ella se sentía confundida y no sabía cómo salir de esa situación.
El primer robo
Con el tiempo, el dinero empezó a faltar. El hombre le propuso robar. Liseth tenía miedo, pero aceptó.
Su primer robo fue a un camión. Se llevaron dinero y un computador. “Sentí felicidad porque teníamos plata”, dice Liseth.
Ese dinero parecía ayudar, pero en realidad la llevaba a situaciones cada vez más peligrosas.
El escape
Un día, después de una fuerte pelea, la Policía llegó y se llevó al hombre. Liseth aprovechó ese momento para irse.
Buscó a su familia, pero no encontró el apoyo que esperaba. Terminó viviendo con una amiga. Sin muchas opciones, comenzaron a vender drogas.
Su vida se volvió inestable. Vivía con miedo y sin saber qué hacer.

El despertar en La Esmeralda
Todo cambió cuando Liseth llegó al Centro de Atención Especializada La Esmeralda. Este es un lugar al que llegan jóvenes que han cometido delitos o que requieren protección.
Al principio no fue fácil. Pero allí encontró algo importante: apoyo y estabilidad. Volvió a estudiar y conoció profesores que la ayudaron.
“El estar acá no es fácil”, dice Liseth. “Pero usted aprende a quererse”.
Poco a poco, empezó a creer en un futuro diferente.
Un mensaje para el futuro
Hoy, a los 18 años, Liseth mira su historia y quiere seguir adelante.
Su consejo para otros jóvenes es claro:
“Si una persona le habla bien, usted hable bien. Si es agresiva, es mejor ignorar y alejarse”.
Liseth sueña con terminar el colegio y continuar sus estudios. Ahora quiere tomar decisiones que la acerquen a la vida que imagina.






