
Ilustración: Isabella Meza Viana
Por: Alejandro Valencia Carmona
«En el barrio, ser hombre es el que no llora, el macho, el que más pelea o el que más actividades delictivas hacía», explica Andrés.
Desde pequeño le repetían una y otra vez esas palabras que a casi todos los niños del país les han dicho alguna vez: «los hombres no lloran». También le dijeron que para ser respetado hay que ser duro como piedra.
Durante mucho tiempo esas ideas entraron en lo más profundo del cerebro de Andrés.
Esas ideas, además de las palabras y acciones de un mundo lleno de violencia lo llevaron a tomar malas decisiones en su vida por las que perdió su libertad.
La «Selva de Cemento» y sus reglas
Para Andrés, crecer en su barrio significaba aprender un manual de supervivencia. Hacerse hombre desde muy pequeño no era una elección, era una necesidad.
En ese entorno, mostrar esa masculinidad rígida era como una armadura. Había que demostrar que no se tenía miedo, sin importar los riesgos. Que se le medía a todo.
Andrés recuerda que, desde muy pequeño, cualquier gesto de sensibilidad era castigado. Si lloraba, lo juzgaban. Le decían que debía ser «maduro».
La «Caja» de la masculinidad
Lo que vivió Andrés es lo que expertos como Catherine Nova, de Profamilia, llaman masculinidad hegemónica. Es como una caja estrecha donde solo cabe una forma de ser hombre: fuerte, dominante, sin emociones y, muchas veces, violento.

Según Catherine, esta presión no solo afecta a los adultos.
Empieza desde los 5 o 6 años, cuando a los niños se les empieza a decir con qué juguetes pueden jugar o cómo deben sentarse. Al llegar a la pubertad, la presión aumenta porque los jóvenes buscan que sus amigos los acepten.
Y ahí la hombría se mide bajo la fuerza y la dominancia. La sensibilidad es vista como una debilidad.
Crecer a las patadas
Andrés tuvo que saltarse las etapas. A los 14 años ya era padre y a los 15 ya manejaba “la vuelta” en su barrio. Tenía armas, dinero, mujeres y muchas responsabilidades de adulto, pero era un adolescente que ni siquiera pudo vivir bien su niñez.
Andrés confiesa que esas ideas de masculinidad influyeron totalmente en sus decisiones. Por querer demostrar que podía mantener el hogar, dejó de estudiar y empezó a trabajar.
Poco después, llegaron las drogas y la delincuencia.
«Me decían: ‘usted tiene que ser un sicario’. Esas palabras me marcaron y me trajeron acá», dice con sinceridad.
Masculinidades
Hoy en día, el peligro no solo está en el barrio, la familia o los amigos.
Catherine Nova advierte sobre la «Manósfera«: comunidades en internet (TikTok, Instagram, videojuegos) que lanzan mensajes en contra de otras maneras de ser hombre. Dicen que los hombres deben rechazar la igualdad y volver a los roles de antes.
Estos discursos ofrecen respuestas fáciles a problemas complejos, pero a menudo terminan empujando a los jóvenes a la soledad, la ansiedad o la violencia.

Precisamente lo que se busca es lo opuesto. Unas masculinidades positivas.
Para Catherine Nova, estas “reconocen que los hombres pueden vivir su identidad con libertad para expresar lo que sienten, para mostrar vulnerabilidad y para pedir la ayuda”.
Este enfoque permite romper esas expectativas que tiene la sociedad de los niños, adolescentes y jóvenes.
Ella dice que esto “mejora su bienestar emocional y la forma de vivir su identidad”. Así, los jóvenes logran construir vínculos mucho más respetuosos consigo mismos y con los demás.
Romper el molde: Una nueva oportunidad
Estar privado de la libertad le dio a Andrés algo que no tuvo en la calle: tiempo para pensar y herramientas para entenderse.
A través de talleres con psicólogos y trabajadores sociales, empezó a cuestionar todo lo que le habían enseñado a las malas.
Descubrió que ser hombre no tiene nada que ver con ser el más fuerte o el que más manda. «Un hombre no es el que no llora», afirma ahora.
De hecho, Andrés cuenta con orgullo un cambio pequeño pero gigante: hoy puede llorar y no sentirse mal por hacerlo.
Su idea sobre lo que significa ser un hombre ha cambiado. Dice que lo más importante es tener un propósito en la vida, marcarse metas y lograrlas. Ser responsable, respetuoso y validar sus emociones.
Sin embargo, el punto no es decir cómo debe comportarse una persona, sino que cada uno pueda pensarse y ser lo que quiera ser. Sin las presiones de la sociedad, familia o amigos. Eso sí, partiendo desde el respeto hacia uno mismo y los demás.
El mensaje: Los años que no vuelven
Él que ya no puede recuperar esos años ni esas etapas que vivió dice que a veces las personas nos aceleramos mucho.
“En ocasiones nos afanamos mucho por crecer y por tomar roles que nuestra edad no lo permite, Entonces, abandonamos y pensamos más como en el mañana y no disfrutamos el hoy”, dice Andrés.
Él escogió otro camino, otra vida. Aunque su camino ha sido bien difícil y reconoce sus errores, es el camino que escogió y está aprendiendo a ser hombre a su manera.
“Independientemente de lo que le digan, de que tiene que ser fuerte, que no llore. Que se dé la oportunidad de disfrutar cada momento, cada sentimiento. Esas experiencias le van a servir más adelante para otras cosas”, dice Andrés.
Y para ti, ¿qué significa ser hombre? Te leemos en los comentarios de nuestras redes sociales.




