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 ¿Debería creer en un influencer?  

Ilustración: Isabella Meza Viana

Por: María Angélica Orozco

Seguro que te ha pasado: estás haciendo scroll en TikTok o Instagram y ves a tu influencer favorito en un hotel increíble, probando comida deliciosa en un país lejano. Muchos de nosotros hemos soñado con tener la vida de un influencer porque en redes sociales todo parece perfecto.

Pero, ¿Sabemos en realidad qué hay detrás de los viajes y los lujos? A veces las historias solo se muestran a mitad. 

Recientemente, un grupo de influencers colombianos, entre ellos Kika Nieto, Johanna Fadul y el chef Nicolás de Zubiría, se volvieron tendencia por un viaje que hicieron a Israel. 

Todos compartían fotos y videos en redes sociales de un viaje soñado para muchos: playa, comidas en restaurantes elegantes y diversión. 

La polémica comenzó porque algunas personas dijeron que esto se trataba de una forma de comunicación estrategica que buscaba mostrar lo bonito de Israel y desviar la atención del genocidio en Gaza. 

Este viaje para los influencers  fue una invitación directa de la Embajada de Israel. 

Pero el  medio internacional France 24 reveló que Israel les pagaría a ellos y otros influencers 7 mil dólares por cada publicación en redes sociales. 

Mientras en las noticias se hablaba de un genocidio en Gaza, estos creadores de contenido mostraban fiestas, playas y sitios turísticos.

A esto se le llama «soft power» o poder blando. 

Es cuando un Estado usa la cultura y a personas famosas para que el mundo vea solo lo bueno y se olvide de los problemas graves o las violaciones de derechos humanos. 

Se dice que es una forma de «lavar la cara» a una situación política difícil. Así como cuando hablas bien de tu amigo para que quede bien, pero sabes que hizo una embarrada. 

Pero claro, hay niveles de niveles. 

Oscar Londoño, profesor e investigador de la Universidad de la Sabana, es directo: «opinar no es lo mismo que informar».

Según Londoño, la información debe poder ser respaldada con hechos que se puedan comprobar. 

Muy diferente a una opinión, que es una idea que se desarrolla a partir de nuestras experiencias, valores y creencias personales.  El problema es que muchos influencers confunden estas dos cosas.

«Esa falta de diferenciación entre opinión y realidad hace que los influencers sean actores que expanden diferentes tipos de desinformación», dice Londoño.

En la era digital, la información vuela. Pero también la desinformación. Puede que antes hayas escuchado esta palabra pero no sepas bien de qué se trata. 

La desinformación es información falsa creada con la intención de engañar. Según el experto, esto tiene riesgos graves:

Manipulación: Nos hace tomar decisiones basadas en mentiras.

Odio: Puede generar sociedades más violentas y polarizadas.

Riesgos de salud: Como ocurrió con las noticias falsas sobre las vacunas del COVID-19.

Un estudio global de la UNESCO con 500 influencers de 45 países reveló datos sorprendentes:

El 62% tiene dificultades para saber si una información es creíble.

El 42% cree que algo es cierto solo porque tiene muchos «likes» o se ha compartido mucho.

El 59% no conoce las normas internacionales que regulan lo que se dice en internet.

Además, muchos prefieren hablar de su propia experiencia o de lo que les cuentan sus «amigos de confianza». 

Claro, no todos son así. Hay unos muy juiciosos con la información e investigan muy bien antes de decir cualquier cosa en redes sociales. 

En China se pusieron serios con esto. El gobierno prohibió a los influencers hablar de temas sensibles como salud, economía, derecho o educación si no tienen un título profesional.

Les dijeron algo así como: “Usted puede hablar solo de lo que sabe”.

Si quieres dar consejos médicos en redes en China, debes demostrar que eres médico. Así de simple. 

Esto busca evitar que la gente tome decisiones que pueden ser muy importantes en su vida basándose solamente en lo que dice alguien que es famoso. Porque la fama no te da autoridad.

Las Naciones Unidas sugieren que, en lugar de prohibir, los países deberían enseñar alfabetización digital.

Esto significa darnos herramientas para que nosotros mismos aprendamos a dudar, investigar y verificar si lo que vemos en la pantalla es verdad.

Entonces, ¿qué puedes hacer tú?

Recuerda lo que dice el profesor Londoño: los seres humanos tenemos «sesgos«. Tendemos a creer lo que coincide con nuestros gustos.


Así que, la próxima vez que veas a un influencer recomendando algo (un viaje, un producto o incluso una idea) no te lo creas de una. Haz una pausa y pregúntate: ¿esto es real o solo se ve bonito en redes? Busca otra fuente, compara y no te quedes solo con lo que te aparece en el feed. Al final, no se trata de dejar de seguirlos, sino de no tragar entero.

Si quieres escuchar, conversar y reflexionar sobre este tema:
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