
Advertencia: Este artículo aborda temas relacionados con el conflicto armado, la violencia y la afectación a jóvenes en distintos territorios. Recomendamos leerlo acompañado de un adulto de confianza y conversar sobre lo que genera su contenido.
Ser joven debería significar disfrutar de la vida, buscar el lugar en el mundo y construir el futuro.
Pero en varias regiones de Colombia, «parchar» en una esquina o volver de vacaciones por una zona rural se ha convertido en un peligro.
Hoy, miles de jóvenes prefieren no salir: se encierran en sus casas, en una especie de toque de queda voluntario, por miedo y para protegerse.
La semana pasada, cuatro jóvenes fueron sacados de un parque en Jamundí (Valle del Cauca) y asesinados días después. No fue por dinero. Fue para demostrar poder.
El hecho se inscribe en una escalada reciente de violencia en la región: este fin de semana las Fuerzas Militares identificaron 31 ataques en el suroccidente del país.

Además, en los primeros tres meses de 2026, la Defensoría del Pueblo ha registrado 19 casos de reclutamiento de jóvenes, una cifra que sin duda sería un subregistro.
Entonces la pregunta es clara: ¿por qué los grupos armados están buscando a los jóvenes?
Desde Buenaventura, el líder social Alexis Venté lo resume fácil: donde hay poco Estado, otros ocupan ese lugar. Y ahí es donde los grupos armados entran a reclutar.
Un recurso estratégico
Para Sebastián Solano, coordinador de jóvenes en PARES, la juventud es vista por los grupos criminales como un recurso estratégico por tres razones fundamentales.
Primero: la reposición de la fuerza.
Los jóvenes sirven para cubrir los vacíos de los combatientes que son dados de baja, permitiendo que el grupo aumente su capacidad de ofensiva o defensa en el territorio.
Segundo: mayor capacidad operativa y control social.
Se les utiliza a los jóvenes para tareas de menor visibilidad, como la vigilancia (‘campaneros’), el transporte de armas, el microtráfico, la extorsión o la inteligencia territorial.

Tercero: el control del futuro.
«Controlar a los jóvenes es controlar el futuro de la comunidad», afirmó Sebastian. Dice que si los jóvenes se involucran en procesos culturales, deportivos o educativos, representan una amenaza para el grupo armado porque este pierde el control sobre la generación y el desarrollo de la comunidad.
Enero: Los desaparecidos de Mariquita
Desde enero las cosas se pusieron pesadas. En los municipios de Mariquita y Fresno (Tolima), siete jóvenes desaparecieron.
Ellos son Zait, David, Sergio, Luisa, Fredy, Santiago y Alejandra. Seis de ellos vivían en Mariquita. Hoy, nadie sabe dónde están.
Mariquita es lo que los expertos llaman un «corredor estratégico».
Es una ruta que conecta el centro del país con Antioquia, Caldas y el Magdalena Medio.
Varios grupos armados se pelean por el control de los negocios ilegales en esta zona.
Desaparecer personas es su forma de ejercer control y sembrar miedo.
Estos grupos no solo portan armas, sino que gobiernan la vida cotidiana de las comunidades, decidiendo quién se mueve, quién trabaja, quién estudia y quién puede hablar.
«El riesgo no es solo que el grupo armado llegue con un fusil; el riesgo es que lleguen antes que el Estado con dinero, miedo, a través de redes sociales, con promesas y con un poder que llega a tener importancia en estos contextos”, dice Sebastián.
Para él, los jóvenes se vuelven más vulnerables porque están en una etapa de búsqueda de identidad, ingresos y reconocimiento. “Es una coerción estructural impulsada por la pobreza y la falta de alternativas», explica.
Sebastian también advierte sobre una débil prevención digital. Dice que grupos armados usan TikTok e Instagram para captar menores con contenido que glorifica la narcocultura o con falsas ofertas de empleo y modelaje.
7 de abril de 2026: Un regreso a casa interrumpido
Yormai Sebastián Contreras tiene solo 16 años. Había pasado las vacaciones de Semana Santa con su familia en Tibú (Norte de Santander).
Cuando regresaba a Cúcuta con su hermano mayor, hombres de la guerrilla del ELN los detuvieron en la carretera.
A su hermano lo dejaron ir, pero a Yormai, que cursa octavo, se lo llevaron.
Su mamá, Blanca, suplica que le devuelvan a su hijo.
Hasta ahora, no hay pruebas de que esté bien. De todas formas la comunidad se manifiesta por él. Las «Madres del Catatumbo por la Paz» están en asamblea permanente para pedir su libertad.
15 de abril de 2026: El horror en Jamundí
Juan Felipe, Juan Camilo, Darwin y Jeetlee Stivens estaban en un parque en el corregimiento de Villa Paz (Jamundí). Tenían entre 18 y 19 años. Dos de ellos aún estaban en el colegio, terminando el grado 11.
Unos hombres armados llegaron y los obligaron a subir a un carro.
Siete días después, llegó la peor noticia: los cuatro fueron asesinados. Sus cuerpos aparecieron entre Suárez (Cauca) y la zona rural de Jamundí.
Indepaz dice que esta fue la masacre número 43 en Colombia en lo que va del año.
No pedían dinero; el objetivo era silenciar a la comunidad y demostrar quién manda.
20 de abril de 2026: Una trampa en la escuela
En Policarpa, Nariño, disidencias del ELN entraron a un colegio.
No llegaron disparando, sino repartiendo útiles escolares y propaganda.
Se tomaron fotos con los niños y enviaron un mensaje. Esta es otra estrategia de reclutamiento.
No es caridad, sino una táctica de presión. Buscan a niños para ganar su confianza y luego reclutarlos.
Una respuesta integral para proteger a los jóvenes
El líder social, Alexis Venté, insiste en que estos hechos no se frenan solo con presencia militar: “El acompañamiento tiene que ser muy integral. No solamente debe ser un acompañamiento al joven como tal, sino también que el Estado tenga una presencia mucho más potente para blindarlos frente a las estructuras criminales”.
Según él, también se necesita inversión social porque “el Estado no solamente tiene que brindar un apoyo al joven en particular, sino también hacer una inversión social para que sea toda la sociedad la que de una u otra forma blinde a esos jóvenes”.
Sebastian es enfático: “necesitamos una presencia real del Estado que evite que los jóvenes sigan yendo a la guerra».
¿Hay salida para las comunidades?
Cuando un joven desaparece o es asesinado, no solo sufre su familia. Toda la comunidad se quiebra.
El miedo hace que la gente deje de hablar y que los jóvenes dejen de salir a las calles.
Pero ¿cómo se recupera una comunidad de esto?
La herida no es solo colectiva: también es silenciosa. Niños y adolescentes crecen con miedo, dejan de salir, de jugar y de confiar. La violencia cambia su forma de ver el mundo y de imaginar su futuro.
Alexis deja un mensaje directo para quienes viven en estos territorios: “La estrategia de los grupos armados es causar terror, causar miedo para que ese miedo genere una inacción del joven”.
Por eso, su consejo es claro: “Hay que andar con mucha precaución, tener mucho cuidado y autocuidado, pero no podemos quedarnos en la inacción. Tenemos que fortalecer el liderazgo y generar redes de apoyo entre los jóvenes”.




