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¿Cómo la guerra encuentra a los jóvenes en línea?

Ilustración: Isabella Meza Viana

Por: Alejandro Valencia Carmona

“Me quitaron el teléfono y me dijeron que no podía regresar. Durante días me asignaron tareas de vigilancia y transporte de objetos. Siempre había alguien observando. Repetían que conocían a mi familia y que no intentara escapar”, dice Esteban* un adolescente de 15 años que fue reclutado por un grupo armado. Todo comenzó jugando en línea.

El conflicto armado en Colombia ha demostrado una gran capacidad de adaptación a las nuevas tecnologías. Mientras el Estado intenta negociar o imponer la fuerza en la guerra, los grupos armados ilegales han colonizado un nuevo territorio: el digital. En un país donde la conectividad crece más rápido que la presencia institucional, las redes sociales se han transformado en el nuevo centro de operaciones para el reclutamiento digital de menores de edad.

Para muchos jóvenes en Colombia, el internet es el escape de una rutina. Pero mientras suben de nivel en un videojuego, scrolleando en Tik Tok o navegando en grupos de Facebook, alguien podría estar siguiéndolos en la digitalidad para llevarlos a la trampa. 

Los grupos armados ya no necesitan un retén en la carretera para reclutar; ahora basta con una solicitud de amistad o ingresar en un chat.

La ONG Vivamos Humanos, concluyó en su investigación El algoritmo en el conflicto armado. Reclutamiento forzado a través de redes sociales que ”el escenario digital no es neutral: es un nuevo campo de disputa donde los actores armados posicionan narrativas, se consolidan formas de control territorial simbólicas y captan a población vulnerable”. 

«Me decían que yo era inteligente y que podía hacer cosas importantes», dice Esteban sobre las personas que lo terminaron reclutando. Todo empezó en un videojuego, que era para él la forma más fácil de escapar de la rutina. Lo halagaban y le endulzaron el oído. Lograron ganar su confianza poco a poco. 

Esteban les contó sus sueños. Les dijo que quería ayudar a su mamá a salir de la pobreza. Ellos, al otro lado de la pantalla, dijeron entenderlo. Y las conversaciones dejaron de ser sobre el juego. “Luego me invitaron a un grupo de chat. Allí compartían videos y fotos que mostraban dinero, motocicletas y armas”, cuenta Esteban.

“Se está vendiendo una narrativa aspiracional, justamente de poder, de pertenencia y de reconocimiento. Aquí el tema del estatus que se trata de vender a través de estas narrativas juega un papel importante”, explica, Sebastián Solano, investigador de PARES mencionando que investigaciones de la JEP (Jurisdicción Especial para la Paz) han identificado más de 140 cuentas activas en TikTok dedicadas a promover esta vida.

Sebastián Solano cuenta que se han identificado tres ganchos para reclutar a los menores de edad: “el dinero rápido, el estatus que ofrece pertenecer a estos grupos y las falencias de oportunidades en los territorios”.

“Todo parecía una vida distinta, una vida con poder y reconocimiento” cuenta Esteban. En el chat le mandaban fotos y videos. Se veía que otros jóvenes se reían, mostrando una imagen de poder y «familia». Le ofrecieron trabajo, dinero y un pasaje de bus. Él, empujado por la esperanza y la falta de opciones, aceptó viajar.

Entre 2019 y 2024, al menos 1.200 menores fueron reclutados en Colombia, un fenómeno que se ha disparado gracias al uso de las redes sociales. Sin embargo, la cifra real es un enigma: el miedo y el control territorial son una mordaza que impide que la mayoría de los casos salgan a la luz, especialmente en zonas rurales.

 “Lo que hemos estado viendo en los últimos tres años es un comportamiento muy preocupante porque está disminuyendo la denuncia mientras que el reclutamiento sigue aumentando. La realidad aquí no es que el reclutamiento haya disminuido, sino que el subregistro depende principalmente de las denuncias y se han presentado menos”, explica Sebastián Solano.

«Me quitaron el teléfono y me dijeron que no podía regresar. Desde ese momento ya no tuve control sobre lo que hacía ni sobre a dónde iba», recuerda Esteban

Lo que siguió fueron días de vigilancia y transporte de objetos bajo la supervisión y la amenaza. La «familia» digital resultó ser un grupo armado que ya sabía cosas de él y de su familia. Esos lazos y la confianza que había tenido en algún momento en su casa le jugaron en contra.  La emoción se convirtió en un miedo, ahí entendió que entrar era fácil, pero ya no había la opción “salir” como en los videojuegos.

Ana María Centeno de La Coalición contra la vinculación de niños, niñas y jóvenes al conflicto armado en Colombia (COALICO) explica que el enfoque más efectivo para cuidarse en entornos digitales no es el miedo, sino la comprensión y el cuidado de datos: “la comprensión frente al valor de sus datos como parte de su cuidado personal. Así como enseñamos a cuidar el cuerpo, necesitamos hablar también del cuidado de la información”.

Mientras seguía en el monte acatando órdenes, Esteban esperaba que llegara el día de suerte. Semanas después, en un descuido de sus vigilantes durante un desplazamiento, Esteban corrió y escapó. Caminó horas por carreteras escondiéndose de cada moto o carro que se escuchaba a lo lejos, sintiendo que ya venían por él. 

“Cuando llegué a un pequeño caserío, tenía hambre, miedo y vergüenza. Intenté pedir ayuda, pero la gente desconfiaba de mí. Nadie quería prestarme un teléfono. Algunos pensaban que  iba a robarlos”, cuenta Esteban recordando el alivio de haber llegado a un lugar donde ya no estaban sus captores y la impotencia de no conseguir ayuda. 

Finalmente, la solidaridad de una mujer le permitió hacer la llamada que le devolvió la esperanza. Al otro lado de la línea, la voz de su madre le hizo sentir que iba acabar esa pesadilla, pero antes de hablarle él rompió en llanto, por unos instantes fue lo único que pudo hacer. 

El viaje de vuelta en el bus fue una tortura de paranoias. Cada vez que el vehículo se detenía, él esperaba que alguien subiera a buscarlo para cobrarle la «traición». Pero logró llegar a su pueblo. 

Hoy, Esteban entiende que el reclutamiento no empezó cuando se subió a ese bus, sino meses antes, cuando alguien se ganó su confianza y lo hizo sentir importante a través de un chat.

Esteban tardó muchos meses para hablar de su reclutamiento, le costaba. Pero hay que entender una cosa: “El reclutamiento es un proceso de manipulación estructural y no un error individual, es toda una manipulación estructural, que está muy pensada”, como lo explica Ana María Centeno. Esto aplica para los cientos de casos que ocurren anualmente. 

Su historia es un recordatorio de que en el mundo digital, el “enemigo” no siempre usa camuflado,  a veces usa un avatar amigable y te habla mientras juegas tu partida favorita.

Frente a este panorama, organizaciones como la Fundación Mi Historia han decidido apostarle al futuro de los jóvenes. Esta organización trabaja en la prevención del reclutamiento, transformando la realidad de quienes ven en el conflicto una salida ante la falta de oportunidades. Su misión es evitar que más jóvenes sigan el camino de Esteban, ofreciendo alternativas reales y dignas a través del periodismo y contar historias.

A veces, la guerra no llega con violencia física inmediata, sino como una falsa salida económica. Muchos jóvenes ven en el conflicto una «opción de vida» para ayudar a sus familias. “La Fundación Mi Historia ayuda a tratar de cambiar esa realidad para muchos menores en la territorialidad de Colombia”, cuenta Alejandro Ordoñez, abogado de la Fundación Mi Historia. 

*El nombre fue cambiado para cuidar la identidad del adolescente.