
Por: María Angélica Orozco
Imagina que eres un pez. Eres rápido y ágil en el agua. Pero, de repente, alguien te dice que, para ser un “buen estudiante”, debes demostrar que sabes trepar un árbol.
Suena absurdo, ¿verdad? Sin embargo, algo así viven miles de niños y jóvenes neurodivergentes en la escuela, cuando se les exige aprender y comportarse de una sola manera, aunque su cerebro funcione diferente.
“Cuando no me pude amarrar los zapatos, no pude aprenderme la cancioncita del conejito y no entendía, me di cuenta de que algo estaba raro en mí, que yo era diferente a los otros niños”, cuenta Max Cristancho, persona neurodivergente, creadora literaria e integrante de la colectiva Neurodivergencias en Resistencia.
Max solo entendió qué era la neurodivergencia cuando llegó a la universidad. Al mirar hacia atrás, se dio cuenta de que siempre había estado ahí, pero nadie lo había nombrado. Comprender cómo funciona su mente le permitió conocerse mejor y dejar de pensar que algo estaba “mal” en ella.
¿Qué es la neurodivergencia?
La neurodivergencia es un concepto que reconoce que no todos los cerebros funcionan igual. Cada persona puede procesar la información, sentir y aprender de maneras distintas. Es como si el “cableado” del cerebro fuera diferente en cada individuo.
Para Max, la neurodivergencia ha sido un reto, pero también una fortaleza. Cree que gracias a su forma de pensar desarrolló una gran sensibilidad y encontró su camino en el arte.
Ella lo explica así:
“Siento que siempre he vivido en la dualidad, con muchos estímulos internos y externos”.
En este caso lo que Max quiere decir es que experimenta dos ideas, emociones o formas de pensar al mismo tiempo.
Enfrentar la “neuronorma”
Para la investigadora Mar Candela, persona neurodivergente y experta en educación, el problema no está en los estudiantes, sino en el sistema educativo. Ella explica que vivimos bajo una “neuronorma” que es la idea de que todos deben aprender, comportarse y concentrarse de la misma forma en los colegios y universidades.
“Obligar a un pez a trepar es una forma de violencia que intenta cambiar su naturaleza”, afirma Mar. Según ella, muchas escuelas funcionan como si todos fueran iguales, en lugar de reconocer las diferencias.
Cuando esto ocurre, no se aprovechan las habilidades únicas de cada persona. Algunos estudiantes pueden ser muy creativos, otros tener gran memoria visual o aprender mejor moviéndose, pero esas capacidades no siempre son valoradas.
La neurodivergencia incluye diferentes formas de funcionamiento cerebral, como el autismo, el TDAH, la dislexia o las altas capacidades. Expertos estiman que entre el 15% y el 20% de la población mundial es neurodivergente. Sin embargo, en Colombia no existen cifras claras, lo que dificulta crear apoyos adecuados.

Un reto gigante para los profes
En el día a día, muchos profesores intentan adaptarse para apoyar a todos sus estudiantes. Stephanie Jiménez, docente con ocho años de experiencia, dice que trabajar con estudiantes neurodivergentes es “enriquecedor, pero también muy retador”.
En un mismo salón no existe una sola forma de enseñar. A veces debe adaptar las actividades según las necesidades de cada estudiante.
“Si hay dos o tres estudiantes neurodivergentes, muchas veces hay que preparar actividades diferentes para cada uno”, explica Stephanie.
También reconoce que hay momentos difíciles.
“Te debates entre dedicar más tiempo a un estudiante que necesita apoyo o atender al resto del grupo. Requiere paciencia y control emocional”.
Pero también ha visto algo positivo: cuando hay empatía, muchos compañeros apoyan a los estudiantes neurodivergentes. Algunos se convierten en aliados que los ayudan a integrarse y sentirse parte del grupo.
La perspectiva de una madre
Para las familias, encontrar una escuela que entienda estas diferencias puede cambiarlo todo. Esperanza Rodríguez, madre de un joven de 15 años neurodivergente, dice que su hijo aprende a un ritmo distinto porque le cuesta retener información.
Lo más difícil, explica, es el juicio de los demás.
“Si digo que mi hijo de 15 años no sabe hacer una suma o una resta, la gente abre los ojos”, cuenta. Muchas personas no entienden su proceso y sacan conclusiones sin conocer la realidad.
Sin embargo, las adaptaciones en su colegio han marcado una gran diferencia. Su hijo usa materiales ajustados a sus necesidades y aprende a su ritmo, pero sigue compartiendo con estudiantes de su edad.
“Él se siente mejor entendido. Lo más importante es que se sienta seguro”, dice Esperanza.
Max recuerda que, cuando era niña, no tuvo ese apoyo.
“Tuve que intentar encajar, como poniéndome una máscara para poder relacionarme”, cuenta.
¿Por qué no hay más apoyo?
Si sabemos que las personas aprenden de formas distintas, ¿por qué sigue siendo difícil crear escuelas inclusivas? Mar Candela cree que todavía existe miedo a la diversidad.
“Seguimos viendo la diferencia como una falla que debe corregirse, cuando debería ser acompañada”, explica.
Para ella, el cambio comienza en la educación, con más formación, empatía y comprensión. Reconocer la diversidad no significa bajar el nivel, sino ofrecer distintas formas de aprender.
La educación no debería ser una competencia para ver quién llega primero a la cima del árbol. Debería ser un espacio donde cada persona, sea pez, ave o ardilla, pueda desarrollar sus propias habilidades sin perder su bienestar.
Y tú, Y tú, ¿has sentido que siendo pez te han puesto como examen trepar un árbol?
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