
Westcol se sentó a hablar con Álvaro Uribe y Gustavo Petro. Y más que entrevistas, internet terminó viendo dos parches políticos gigantes.
Millones de personas vieron clips, reacciones y fragmentos de ambos streams. La idea era mostrar las dos caras más fuertes de la política colombiana: Uribe por la derecha y Petro por la izquierda. Pero lo que realmente llamó la atención no fue solo la política. Fue el formato.
Con Petro hubo recorrido por la Casa de Nariño, saludos, gorras y conversaciones sobre temas inesperados como Canserbero. Con Uribe hubo risas, aguardiente, ponies y momentos que parecían más una charla casual que una entrevista política.

Y ahí está la clave.
No parecía política. Parecía parche.
Nada de debates eternos, palabras rebuscadas o presentadores hablando como profesores. Era Westcol hablando como siempre habla: relajado, improvisando y preguntando como cualquier pelado que no entiende del todo qué pasa en el país. Y justo por eso tanta gente se quedó viendo.
“Escucho más a los influencers porque siento que hablan de una manera como de tú a tú, de un amigo a otro”, dice Adriana Ortega, joven de 14 años en Tierralta, Córdoba.
¿Qué tiene esto de malo?
En realidad, nada… al menos no necesariamente.
Es importante que más jóvenes se interesen por la política y escuchen a quienes toman decisiones en el país. Y también importa que se haga en un lenguaje cercano, sin sonar como un noticiero aburrido.
El problema aparece cuando la cercanía empieza a reemplazar las preguntas difíciles.
En varias partes de las conversaciones, Westcol admitió que “no sabía mucho de política”. Y cuando alguien entrevista a figuras tan poderosas sin conocer bien los temas, muchas cosas pueden pasar sin cuestionarse.
No hubo muchos datos. Tampoco pruebas o contexto. A veces bastaba una sonrisa, una reacción de sorpresa o seguir la conversación.
Y ahí es donde la información puede volverse peligrosa.
Porque cuando una conversación se siente cercana, relajada y auténtica, muchas veces bajamos la guardia. Dejamos de preguntarnos si lo que están diciendo tiene pruebas, contexto o contradicciones. Y si quien entrevista no cuestiona ciertas afirmaciones o no conoce bien los temas, millones de personas pueden terminar escuchando versiones incompletas o demasiado simples de problemas muy complejos.
Lo que dice la ciencia de los datos
El Instituto Reuters, que estudia cómo se informa la gente en el mundo, encontró algo clave: cada vez más jóvenes usan TikTok, streams y creadores de contenido para enterarse de lo que pasa.
Hoy, el 16% de las personas ya usa TikTok para informarse. Y la cifra sigue creciendo.
¿Por qué pasa esto? Porque los influencers hablan de forma más relajada, parecen más humanos, muestran errores y emociones, y hablan como alguien cercano. No se sienten tan lejanos como muchos medios tradicionales.
Así lo explica Adriana: “Entonces nos aburrimos ya como a mitad de noticia nos aburrimos de lo que ellos están diciendo y pues confiamos un poco pero no tanto”.
Pero el mismo informe también lanza una advertencia: sentir cercanía no siempre significa estar bien informado.
Si confías ciegamente en alguien porque te cae bien o porque “se siente real”, podrías terminar creyendo cosas falsas o demasiado simplificadas sin darte cuenta.
¿Influencer o periodista? No son lo mismo
Aunque ambos hablen frente a una cámara, hacen trabajos muy diferentes.
El periodista tiene editores, reglas y procesos para verificar lo que publica. Su trabajo es cuestionar, buscar pruebas y contrastar versiones, incluso cuando eso incomoda.
El influencer funciona distinto. Vive de las reproducciones, de los likes y de mantener la atención de la audiencia. Y muchas veces internet premia más lo emocionante que lo preciso.
Eso no significa que un influencer mienta siempre. Pero sí significa que sus prioridades suelen ser diferentes.
Para Soranyi Pereira, una joven de 14 años de Tierralta, Córdoba, desconfiar un poco es necesario. Ella dice que creerle a alguien “depende mucho de las perspectivas que ofrezcan las partes. También de los argumentos válidos y sólidos que tenga para la audiencia”.
Cuando la política parece parche
En varios momentos, Westcol dejó pasar afirmaciones fuertes sin profundizar demasiado o sin contrastarlas con datos y contexto.

Con Uribe, por ejemplo, hablaron sobre los “falsos positivos”. El expresidente cuestionó las cifras de la JEP (Jurisdicción Especial para la Paz) y dijo que estos casos “empañan una gran política”. Pero la conversación no incluyó datos de organizaciones de derechos humanos, decisiones judiciales ni mayor contexto sobre uno de los temas más graves del conflicto colombiano.
También hubo comparaciones políticas fuertes. Uribe dijo que Gustavo Petro e Iván Cepeda buscan el “poder absoluto” y comparó sus proyectos con gobiernos como los de Castro y Chávez. Westcol respondió desde la curiosidad y no desde el cuestionamiento: “¿pero por qué quieren eso? No entiendo”. La conversación siguió sin profundizar en esas afirmaciones ni en las implicaciones de decir algo así.
Más adelante, Uribe habló de las investigaciones contra él y miembros de su familia como parte de una persecución política y de una estrategia para “sembrarle delitos” a los adversarios. Pero no hubo referencias a las pruebas en los expedientes ni al estado actual de los procesos judiciales.
Con Petro pasó algo parecido. Cuando hablaron de seguridad, Westcol defendió la idea de “fritar bandidos” y el derecho a matar a alguien que entre a robar a una casa. Petro respondió hablando sobre venganza, rehabilitación y violencia, pero la conversación nunca aterrizó en preguntas más concretas sobre cómo enfrentar realmente la inseguridad en el país.
Después discutieron sobre el porte legal de armas. Westcol decía que mucha gente quiere armas para defenderse, mientras Petro comparaba esa idea con el “viejo oeste” o con los tiroteos en Estados Unidos. Pero tampoco hubo un debate más profundo sobre cifras, riesgos o experiencias reales de otros países.
Algo parecido pasó cuando Westcol le preguntó a Petro si todo lo que ha hecho podría desaparecer cuando termine su gobierno. Petro respondió que “depende de la gente”, pero la conversación no avanzó hacia temas como las instituciones, la independencia de poderes o qué pasa cuando otro gobierno llega con ideas completamente distintas.
Y ese es justamente el punto: muchas veces las conversaciones se sintieron más como un parche interesante entre famosos que como entrevistas pensadas para cuestionar, contrastar o profundizar en temas complejos.
El peligro de la “burbuja”
Las redes sociales muestran cada vez más contenido parecido a lo que ya consumes.
Entonces, si sigues a alguien que solo tiene una visión política, poco a poco puedes terminar viendo una sola versión del mundo.
Eso crea lo que muchos expertos llaman una “burbuja” o una “cámara de eco”.
Empiezas a escuchar siempre las mismas opiniones, las mismas ideas y los mismos discursos. Y el problema es que el mundo real es mucho más complicado que un stream de TikTok.
Entonces, ¿qué hacemos?
No se trata de dejar de seguir influencers. Muchos hacen contenidos muy tesos y logran acercar temas importantes a jóvenes que nunca verían un debate político tradicional.
La clave es activar el radar crítico. Preguntarse si algo tiene pruebas, buscar otras versiones y pensar qué gana alguien con decir ciertas cosas.
Porque alguien puede sentirse auténtico, cercano o incluso honesto… y aun así dejar pasar información falsa o incompleta.
Informarse por redes ya hace parte de nuestras vidas. Pero también significa tener más responsabilidad sobre lo que creemos y compartimos.
Al final, un influencer puede sentirse como un amigo que te cuenta algo interesante. El problema es que, antes de repetirlo o tomar decisiones basadas en eso, toca preguntarse si el cuento era verdad.




