
Una reflexión sobre la migración juvenil, la educación y el futuro del Alto San Jorge en Córdoba
Por José Luis Zabaleta – Redacción Caribe (Alto San Jorge)
En Puerto Libertador, Córdoba, existe una estación invisible.
No aparece en los mapas.
No tiene taquillas.
No tiene horarios oficiales.
Pero todos sabemos dónde queda.
Es el lugar desde donde parten los sueños de nuestros jóvenes.
Cada semestre, cada año y, a veces, cada semana, jóvenes del Alto San Jorge empacan una maleta, abrazan a sus familias y emprenden un viaje que parece inevitable. Algunos parten hacia Montería. Otros hacia Medellín, Bogotá o ciudades aún más lejanas.
Lo hacen buscando algo que debería estar más cerca: oportunidades.
Oportunidades para estudiar.
Para trabajar.
Para construir un proyecto de vida.
Y ahí surge una pregunta que pocas veces nos hacemos:
¿Estamos preparando a nuestros jóvenes para construir el futuro del Alto San Jorge o para buscarlo en otra parte?
Cuando hablamos de migración solemos pensar en una decisión personal. Alguien se marcha porque quiere estudiar, trabajar o explorar nuevos caminos. Y, en efecto, migrar puede ser una experiencia valiosa. También es un derecho.
Pero el problema aparece cuando quedarse deja de ser una posibilidad real.
En municipios como Puerto Libertador, Montelíbano, San José de Uré y Tierralta, muchos jóvenes terminan la educación media y descubren que las opciones para continuar estudiando son limitadas. Otros encuentran barreras económicas que dificultan permanecer en una universidad. Algunos no encuentran oportunidades laborales que les permitan desarrollar sus capacidades.
Entonces parten.
No porque rechacen su territorio.
Sino porque sienten que para avanzar deben buscar oportunidades lejos de él.
Y esa sensación debería preocuparnos.
Porque cuando un joven se va, no solo cambia una dirección de residencia.
También cambia la historia de una comunidad.
Las familias aprenden a convivir con las videollamadas.
Las escuelas recuerdan a quienes se graduaron.
Los barrios recuerdan a quienes crecieron en sus calles.
Las fiestas patronales se convierten en los momentos en que muchos regresan para reencontrarse con sus raíces.
Después vuelven a marcharse.
Y el ciclo comienza de nuevo.
La contradicción es evidente.
El Alto San Jorge es una región rica en biodiversidad, recursos naturales, cultura y talento humano. Tiene potencial agrícola, ambiental, productivo y social. Sin embargo, una parte importante de quienes podrían liderar su transformación termina construyendo su futuro lejos de ella.
No porque falte amor por el territorio.
Sino porque muchas veces faltan oportunidades para imaginar un futuro dentro de él.
Y eso también tiene consecuencias.
Porque una región no solo necesita carreteras, empresas o inversiones.
También necesita jóvenes que participen, innoven, emprendan y lideren.
Necesita razones para quedarse.
He conversado con jóvenes que conocen la riqueza ambiental del río San Jorge. Jóvenes que participan en organizaciones sociales, colectivos culturales y espacios comunitarios. Jóvenes que quieren aportar a sus municipios y transformar las realidades que les preocupan.
Sin embargo, muchos comparten la misma sensación:
Para poder regresar algún día, primero tienen que irse.
Por eso, hablar de migración juvenil no es únicamente hablar de movilidad.
Es hablar de educación.
Es hablar de oportunidades.
Es hablar de participación.
Es hablar de desarrollo territorial.
Y también es hablar de paz.
Porque una paz duradera no se construye solamente con la ausencia de violencia. También se construye cuando las nuevas generaciones sienten que tienen opciones, que sus voces cuentan y que pueden imaginar un futuro digno en los lugares donde nacieron.
El desafío no consiste en impedir que los jóvenes migren.
Migrar seguirá siendo una decisión legítima y enriquecedora para muchas personas.
El desafío consiste en que quedarse también sea una opción.
Que estudiar no dependa del lugar donde se nace.
Que las oportunidades no estén concentradas únicamente en las grandes ciudades.
Que los sueños no tengan que viajar cientos de kilómetros para encontrar espacio donde crecer.
Sueño con un Alto San Jorge donde marcharse sea una elección y no una obligación.
Donde los jóvenes puedan construir proyectos de vida dentro o fuera del territorio, pero desde la libertad y no desde la falta de alternativas.
Y quizás esa sea la pregunta más importante para nuestra región:
Si mañana un joven termina el colegio, ¿sentirá que puede construir su futuro aquí?
La respuesta a esa pregunta dirá mucho más sobre nuestro desarrollo que cualquier estadística económica.
Porque los pueblos no desaparecen cuando envejecen.
Empiezan a desaparecer cuando dejan de ofrecer razones para que sus sueños encuentren un lugar donde quedarse.




