
Una reflexión sobre el talento, las oportunidades y los sueños que nacen en el Alto San Jorge
Por José Luis Zabaleta, redacción Caribe (Alto San Jorge)
Mientras el mundo vuelve a detenerse frente a las pantallas para vivir la emoción del Mundial de Fútbol 2026, millones de personas observan estadios monumentales, jugadores convertidos en leyendas y selecciones que representan el orgullo de sus países.
Pero entre tantos goles, himnos y celebraciones, hay una pregunta que pocas veces nos hacemos.
¿Cuántos kilómetros hay entre una cancha de tierra y un estadio mundialista?
La respuesta parece sencilla.
Podríamos calcular la distancia exacta entre cualquier barrio humilde y la ciudad donde se dispute una final.
Pero esta pregunta no habla de geografía.
Habla de oportunidades.
Porque muchos de los futbolistas que hoy son admirados por millones comenzaron exactamente igual que cientos de niños del Alto San Jorge: corriendo detrás de un balón desgastado, jugando bajo el sol de la tarde y marcando los arcos con piedras.
La historia del fútbol está llena de jugadores que nacieron lejos de las grandes ciudades y de las academias más prestigiosas. Y quizás por eso este deporte sigue despertando tantas emociones. Porque nos recuerda que el talento puede nacer en cualquier lugar.
Lo que no nace en cualquier lugar son las oportunidades.
Y ahí comienza la conversación que me interesa plantear.
Pienso en los niños que hoy juegan en Puerto Libertador. En los jóvenes de Tierralta, Montelíbano y San José de Uré que cada tarde convierten una cancha polvorienta en el escenario de sus sueños. Pienso en quienes entrenan sin uniformes profesionales, recorren largas distancias para participar en un torneo o enfrentan dificultades para acceder a procesos deportivos que les permitan crecer.
Porque en nuestros territorios el problema rara vez ha sido la falta de talento.
Lo que muchas veces falta son los caminos para desarrollarlo.
Durante años hemos escuchado hablar de las limitaciones del Alto San Jorge. De la falta de oportunidades. De las dificultades económicas. De los desafíos que enfrentan nuestras comunidades.
Sin embargo, pocas veces hablamos de la enorme cantidad de talento que existe en esta región.
Existe en las escuelas, en los barrios y en las veredas. Existe en cada niño que sale de clases y corre detrás de un balón porque allí encuentra una forma de imaginar el futuro.
Y quizás por eso el Mundial debería invitarnos a reflexionar sobre algo más profundo que los resultados deportivos.
Debería hacernos pensar en las condiciones que permiten que un sueño sobreviva.
Porque detrás de cada futbolista que llega a un gran estadio hubo alguien que creyó en él. Una familia que hizo sacrificios. Un entrenador que dedicó tiempo. Una comunidad que acompañó su proceso. Una oportunidad que apareció en el momento adecuado.
La verdadera pregunta no es cuántos niños sueñan con jugar profesionalmente.
La verdadera pregunta es cuántos de esos sueños encuentran las condiciones necesarias para crecer.
¿Cuántos talentos se quedan en el camino?
¿Cuántos jóvenes abandonan el deporte porque necesitan trabajar?
¿Cuántos nunca son vistos por falta de escenarios, formación o acompañamiento?
¿Cuántos terminan renunciando no por falta de capacidad, sino por falta de oportunidades?
Esas son preguntas que también deberían formar parte de la conversación cuando hablamos del Mundial.
Porque el fútbol no comienza en los grandes estadios.
Comienza mucho antes.
Comienza en una cancha de tierra donde los sueños todavía juegan descalzos.
Y esa realidad no es exclusiva del deporte.
También ocurre con la educación, la cultura, el liderazgo juvenil y el emprendimiento.
El talento está distribuido en todas partes.
Las oportunidades no.
Por eso esta columna no busca hablar únicamente de fútbol.
Busca hablar de futuro.
Del futuro de una región que durante décadas ha demostrado resiliencia, creatividad y capacidad para salir adelante.
Del futuro de miles de niños y jóvenes que merecen algo más que admirar los sueños de otros desde una pantalla.
Merecen la posibilidad de construir los propios.
Mientras celebramos los goles del Mundial 2026, vale la pena mirar también nuestras propias canchas.
Vale la pena preguntarnos qué estamos haciendo para acompañar a quienes hoy sueñan desde ellas.
Porque quizás el próximo gran talento del fútbol colombiano no está entrenando en una academia de élite.
Quizás está jugando esta tarde en una cancha de tierra en Puerto Libertador.
O en una vereda de Tierralta.
O en un barrio de Montelíbano.
O en una comunidad de San José de Uré.
La pregunta no es si el talento existe.
La pregunta es si seremos capaces de reconocerlo, acompañarlo y creer en él antes de que ese sueño tenga que marcharse a otro lugar para crecer.
Porque tal vez la distancia entre una cancha de tierra y un estadio mundialista no se mida en kilómetros.
Tal vez se mida en oportunidades.




