
Una reflexión sobre el país que construimos más allá de las ideologías
Por José Luis Zabaleta, predacción Caribe (Alto San Jorge).
Las elecciones terminan.
Los gobiernos cambian.
Las campañas se apagan.
Pero los problemas de un territorio permanecen.
Este domingo Colombia elegirá un nuevo presidente. Sin embargo, el lunes Puerto Libertador seguirá necesitando mejores oportunidades para sus jóvenes. Tierralta continuará enfrentando enormes desafíos sociales. Montelíbano seguirá preguntándose cómo generar más desarrollo. San José de Uré continuará soñando con un mejor futuro para sus comunidades.
Y entonces aparece una pregunta que me parece más importante que cualquier resultado electoral.
¿Qué principios deberían guiarnos para construir el territorio que soñamos?
Con frecuencia hablamos de política utilizando etiquetas.
Derecha.
Izquierda.
Centro.
Pero pocas veces hablamos de los principios que deberían unirnos más allá de esas diferencias.
Porque los territorios no florecen cuando todos piensan igual.
Florecen cuando quienes piensan distinto encuentran motivos para construir juntos.
He descubierto que las comunidades que más admiro no son aquellas donde nunca existen desacuerdos.
Son aquellas donde las diferencias no impiden trabajar por un propósito común.
Lo he visto en líderes comunitarios que organizan jornadas para recuperar un espacio público sin preguntar primero por la inclinación política de quienes llegan a ayudar.
Lo he visto en docentes que dedican su vida a formar ciudadanos antes que electores.
Lo he visto en jóvenes que impulsan proyectos ambientales, culturales y sociales convencidos de que transformar un territorio comienza mucho antes que ganar una elección.
Ellos me han enseñado algo que pocas veces aparece en los discursos.
Los principios unen.
Las etiquetas, muchas veces, separan.
No estoy diciendo que las ideologías sean innecesarias.
Las sociedades democráticas necesitan diversidad de pensamientos.
Necesitan debate.
Necesitan contradicción.
Necesitan voces distintas.
El problema comienza cuando dejamos de evaluar las ideas por su capacidad de mejorar la vida de las personas y empezamos a defenderlas únicamente porque provienen del grupo con el que nos identificamos.
Entonces dejamos de construir.
Y comenzamos a competir.
Sueño con un territorio donde podamos discutir sin convertir al otro en un enemigo.
Donde la honestidad no tenga color político.
Donde cuidar los recursos públicos no dependa de quién gobierne.
Donde invertir en educación, cultura, deporte y medio ambiente sea un compromiso permanente y no una promesa de campaña.
Donde el liderazgo se mida menos por la capacidad de señalar culpables y más por la capacidad de encontrar soluciones.
Porque al final, las necesidades de Puerto Libertador no cambian según el partido que gane una elección.
Montelíbano sigue necesitando oportunidades para sus jóvenes.
Tierralta continúa enfrentando enormes desafíos sociales.
San José de Uré sigue soñando con más desarrollo para sus comunidades.
Y todo el Alto San Jorge comparte un mismo anhelo: vivir con dignidad.
Quizá por eso deberíamos hacernos una pregunta distinta antes de cualquier debate político.
No preguntarnos primero quién propone una idea.
Preguntarnos si esa idea ayuda realmente a construir un territorio más justo, más transparente y con más oportunidades.
Porque las etiquetas cambian.
Los gobiernos también.
Pero los principios permanecen.
Son ellos los que determinan la manera en que tratamos al vecino.
La forma en que cuidamos lo público.
La decisión de escuchar antes de juzgar.
La capacidad de pensar en el bien común antes que en el beneficio personal.
Tal vez el futuro del Alto San Jorge dependa menos de quién gane una elección y más de los principios que decidamos defender como sociedad.
Porque un territorio no florece cuando desaparecen las diferencias.
Florece cuando quienes piensan diferente descubren que todavía existen valores capaces de mantenerlos caminando hacia un mismo horizonte.
Y quizá esa sea la conversación más importante que nos espera después de las elecciones.




