
Liz Hannah Valdez Perez, 17 años, periodista de la redacción Atlántico en Barranquilla
Esta mañana me levanté para ir a la universidad. Llegué y mis compañeros estaban discutiendo sobre política mientras yo estaba estresada porque no sabía qué color usar en el outfit con el que iba a presentar un parcial.
Mientras ellos discutían sobre candidatos, me di cuenta de que yo también estaba pensando en el futuro. No en quién iba a ganar las elecciones, sino en cómo las decisiones que se tomen en los próximos años pueden afectar mi vida.
Este año comencé a estudiar Comunicación Social y Periodismo gracias a una beca que obtuve por mi buen desempeño académico. Aún recuerdo cuando estaba comenzando el bachillerato y tenía miedo de no poder estudiar en una buena universidad. Por eso decidí esforzarme para cumplir uno de mis sueños: convertirme en profesional.
Así como esa niña que tenía miedo por su futuro, me siento ahora, con la diferencia de que el desenlace ya no depende únicamente de mi esfuerzo.
A veces pienso que, más allá de los discursos y las promesas que escuchamos durante las campañas, quienes estudiamos, trabajamos y luchamos por salir adelante somos quienes más sentimos el impacto de las decisiones que se toman. Y aun así, no siempre somos quienes más participamos en ellas.
Tal vez por eso me pregunto si realmente estamos siendo escuchados o si simplemente se habla de nosotros, pero no con nosotros.
Dicen que somos el futuro. Lo escucho en la universidad, en los discursos políticos, en las campañas y en las conversaciones de los adultos que intentan explicar hacia dónde debería ir el país. Pero muchas veces siento que ese “futuro” ya viene definido antes de que podamos opinar.
Cuando escucho hablar sobre educación, empleo o juventud, noto que muchas personas tienen respuestas diferentes para los mismos problemas. Sin embargo, pocas veces escucho a jóvenes contando cómo vivimos esos problemas en realidad.
Muchas veces se dice que los jóvenes no participamos. Pero yo no creo que sea así. Participamos de formas distintas. Lo hacemos en redes sociales, en movimientos estudiantiles, en iniciativas comunitarias y en las causas que nos importan. Lo hacemos cuando defendemos nuestros derechos, cuando ayudamos a otros o cuando buscamos transformar aquello que nos preocupa.
Quizás el problema no sea la falta de participación. Quizás el problema es que muchas veces esa participación no ocurre en los espacios donde se toman las decisiones.
Yo misma lo he sentido. La beca que me permitió entrar a la universidad no fue solo resultado de mi esfuerzo. También fue una oportunidad que cambió mi camino.
Y eso me hace pensar en cuántos jóvenes con el mismo talento, o incluso más, nunca reciben esa oportunidad.
Por eso me cuesta creer cuando escucho que todo depende únicamente del esfuerzo personal. El esfuerzo importa, claro que sí. Pero también importan las oportunidades, los apoyos y las condiciones que permiten que ese esfuerzo dé frutos.
A veces me gustaría que las conversaciones sobre los jóvenes no fueran solo sobre lo que deberíamos ser, sino también sobre lo que somos ahora. Sobre lo que sentimos, lo que nos preocupa y lo que vivimos cada día.
Porque cuando se habla del país, de su dirección y de su futuro, no se puede olvidar que ese futuro ya está caminando, ya está estudiando, ya está trabajando y ya está intentando construir su camino con las herramientas que tiene.
Y entonces vuelvo a la misma pregunta que me acompaña desde esa mañana:
Si tanto hablan de nuestro futuro, ¿por qué les cuesta tanto escucharnos en el presente?
#EntreVueltas es una serie de columnas escritas por jóvenes de distintos lugares de Colombia entre la primera y la segunda vuelta presidencial. En medio de análisis, conversaciones y campañas, reflexionan sobre lo que dejó la primera vuelta y sobre el país que esperan construir en los años que vienen.




