Selecciona tu nivel de lector

Rimas que resisten: el freestyle que late en las calles de Neiva

Ilustración: Isabella Meza Viana

Por: Alejandro Valencia Carmona

El reloj marca las 8 de la noche en Neiva, Huila. El Parque de los Niños  se transforma. El sonido de las patinetas en el skatepark se mezcla con un ritmo constante. Decenas de jóvenes alrededor de una tarima. El arte de la improvisación ha comenzado.

Es una escena pequeña, de unas 30 a 40 personas que se reúnen los miércoles y viernes para competir o «parchar». 

Entre murales pintados por los mismos artistas «con las uñas y el compañerismo», el freestyle local busca respirar y ganarse un espacio frente a la falta de apoyo y los prejuicios.

«En las batallas se han metido conmigo, ‘Ay, que usted camina mal y no sabe ni rapear’”, dice Yeffer  Pero yo me lo tomo como un juego, me lo tomo como lo que es, como parte del show. Se han metido conmigo por eso, pero yo le respondo a mi manera rapeando». 

En la tarima destaca Jeffer, con su camiseta blanca y gorro de pescar que no deja ver parte de su cara. Es más conocido en la escena como Jeffer Rap, un MC de 22 años y estudiante de inglés de la Universidad Surcolombiana. 

Él tiene una limitación física para caminar, pero cuando toma el micrófono, cualquier barrera desaparece. En las batallas de freestyle, donde la competencia es dura, Jeff ha tenido que demostrar de qué está hecho.

Para él, que además produce sus canciones de rap y trap en plataformas digitales, el arte es una vía de escape y un mensaje para la juventud de Neiva: «Sigan adelante, nunca se rindan, siempre persigan sus sueños… Sigan adelante sin importar el qué dirán, vivir del qué dirán es feo». 

Philip Bernal Borja, conocido en la escena como Topo, es uno de los nombres clave del freestyle en la ciudad. 

Aunque nació en Bogotá, fue en el Huila donde conoció el rap profundo y tiró sus primeros versos. Su nivel lo ha llevado a competir en clasificatorias de Red Bull y BDM en Medellín o la costa, y espera pronto salir del país.

Sin embargo, el camino desde las regiones es duro. 

«Se requiere estar viajando mucho para realmente lograr algo grande en otras ciudades donde sí hay mucho más apoyo», explica Topo. Aunque empezó haciendo canciones, hoy ve el freestyle como una estrategia.

«Yo lo veo como un tipo de trampolín para pasar a lo que me gusta aquí en la música», dice Topo. Y es que eso ya le ha funcionado a artistas reconocidos en todo latinoamérica, como Akapellah, de Venezuela.

Topo asegura que dedicarse al arte cambia la vida y exige arriesgar los estereotipos comunes de éxito, en un arte que define como «muy desgastante mentalmente». 

Él cree en el potencial de la tierra opita.  

«Aquí hay gente talentosa que puede lograr cosas».

Detrás de los eventos y los micrófonos está Oswaldo Esquivel. Tras dejar el boxeo por una lesión, decidió apoyar el arte urbano en Neiva de forma totalmente gratuita y con su propio dinero.

«De esto en el tema lucrativo no se lucra esto… todo corre desde mi autogestión y de mi bolsillo», comenta Oswaldo. 

Su meta es incentivar a los jóvenes para que salgan de la rutina, hagan ejercicio y encuentren oportunidades. En 2023, logró reunir a más de 500 personas en un evento nacional en este mismo skatepark.

Pero la tarea no es fácil. Oswaldo señala que la cultura urbana sufre una persecución constante por la estigmatización: «He hecho eventos en diferentes sectores de la ciudad y pues me ha llegado la policía, tránsito… es raro».

A pesar de que prohíbe el consumo en sus actividades para cuidar el espacio, se enfrenta a la persecución policial. No se puede tapar el sol con una mano. Varios artistas fuman marihuana y entre el público, hay personas que también lo hacen.

Aun así, su motor es claro: «Ver una sonrisa en un muchacho… ver muchachos que han salido de las drogas por estos eventos».

Para Daniela Ramírez, presidenta de Cultura Rap Neiva, una organización activa desde 2012, el Parque de los Niños estaba en el abandono antes de que los grafiteros, skaters, boxeadores y freestylers lo recuperaran para trabajar en armonía.

Daniela explica que en los barrios con más violencia, el rap es una salida vital.

«El rap ha sido una herramienta fundamental para ciertos artistas para hacerse reconocer. tener a un joven concentrado en el arte es una forma de recuperar ese entorno», afirma.

Incluso, destaca cómo la música se convierte en una marca personal que aleja a los jóvenes del pandillismo o el bazuco:

«Hoy en día ellos cantan en la tarima… y ya ellos mismos van cogiendo conciencia de que ‘uy, la gente me está conociendo… yo por qué tengo que consumir esto'».

Para Daniela, quien lleva cinco años liderando el movimiento y aprendió a cantar y perder el miedo al público gracias al freestyle, este movimiento sigue creciendo: «El freestyle es una lucha, es familia, es el arte, es una forma de escape psicológico». 

Gracias a su esfuerzo, han conseguido parlantes y micrófonos propios, demostrando que el movimiento no muere.

El parque también vibra con la electricidad de Kevin Caicedo, conocido como Draco, quien se crió en Cali. Draco admite que el freestyle ha sido su «desahogo mental». En la tarima, su entrega es total, al punto de regresar a casa completamente disfónico. 

«Vengo un viernes y vuelvo un miércoles otra vez a terminar de desgarrar las cuerdas vocales, pero es que me gusta», confiesa con entusiasmo. Su mensaje para otros jóvenes es directo y lleno de energía: «Háganlo. Construyan, hagan algo… un paso a la vez».

La escena en Neiva es pequeña y enfrenta la falta de apoyo de las instituciones, pero en cada rima de Yefer, en cada viaje de Topo y en cada evento de Oswaldo y Daniela, queda claro que el freestyle en las regiones es mucho más que música: es una familia y una forma de sobrevivir.