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La generación del ruido: la voz joven que no me representa

La política de los likes y el periodismo del espectáculo

Por Jeiner Fuentes, redacción Caribe (Alto Sinú)

Este domingo, millones de colombianos volverán a las urnas para elegir al próximo presidente del país.

Dicen que los jóvenes no participan en política.

Pero basta abrir TikTok, Instagram o X para ver que eso no es del todo cierto.

Miles de jóvenes comentan, comparten, reaccionan y discuten sobre política todos los días.

El problema es que muchas veces no parece una conversación.

Parece una competencia.

Según cifras de la Registraduría y el Consejo Nacional Electoral, la abstención entre los jóvenes sigue siendo una de las más altas del país. Muchos simplemente no participan. No creen. No confían. No encuentran razones para involucrarse.

Pero hay otro fenómeno que también debería preocuparnos.

El de quienes sí participan.

Porque una parte de la conversación política juvenil que domina las redes sociales parece más interesada en conseguir likes, seguidores y viralidad que en resolver problemas.

Cada día aparecen nuevos creadores de contenido político.

Algunos hacen un trabajo serio.

Muchos otros no.

Se presentan como periodistas sin serlo.

Como analistas sin analizar.

Como defensores de la verdad mientras seleccionan únicamente los datos que favorecen a su propio bando.

Sus videos rara vez hablan de cómo mejorar la educación.

O de cómo generar empleo.

O de cómo enfrentar la inseguridad.

O de cómo ampliar las oportunidades para quienes sienten que el futuro cada vez es más difícil de alcanzar.

Hablan de enemigos.

De traidores.

De humillaciones.

De escándalos.

De quién destruyó a quién en un debate.

De quién quedó en ridículo.

De quién merece ser cancelado.

La política convertida en espectáculo.

La indignación convertida en algoritmo.

Y lo más preocupante es que muchas veces se presentan como algo nuevo.

Como una generación diferente.

Como una ruptura con las viejas formas de hacer política.

Pero cuando uno escucha con atención, encuentra algo familiar.

La misma polarización.

La misma agresividad.

La misma incapacidad para escuchar.

Los mismos bandos.

Los mismos insultos.

Los mismos aplausos automáticos para quienes piensan igual.

Solo cambió el formato.

Antes ocurría en plazas públicas y programas de opinión.

Ahora ocurre en reels de treinta segundos.

Mientras tanto, muchos jóvenes siguen haciéndose preguntas mucho más simples.

¿Voy a poder estudiar?

¿Voy a conseguir empleo?

¿Podré independizarme algún día?

¿Será seguro mi barrio?

¿Tendré que irme de mi territorio para encontrar oportunidades?

Esas son las preguntas que importan.

Y sin embargo son las que menos espacio encuentran entre tanto ruido.

A pocos días de una nueva elección presidencial, vale la pena preguntarse si estamos construyendo una participación política más fuerte o simplemente una industria de la indignación más eficiente.

Porque una democracia necesita ciudadanos críticos.

No fanáticos.

Necesita argumentos.

No tribus.

Necesita líderes capaces de convencer.

No ejércitos digitales dedicados a atacar.

Quizá el problema no sea que tantos jóvenes se mantengan al margen.

Quizá el problema sea que quienes observan la conversación política actual no encuentran en ella nada que les invite a quedarse.

Y eso debería preocuparnos a todos.

Porque el futuro no se construye a punta de likes.

Se construye a punta de ideas.