
Por: Redacción Radio Trompo
Cuando pensamos en las víctimas de la guerra en Colombia, casi siempre pensamos en personas. Pero en muchas regiones del país, los animales también quedan atrapados en medio del conflicto armado. A veces son heridos, abandonados o usados para causar miedo. Otras veces simplemente desaparecen sin que nadie los cuente.
Una de las historias más impactantes ocurrió en el Catatumbo, en Norte de Santander. Más de 80 perros aparecieron muertos tras haber sido envenenados durante la madrugada del 30 de junio del año pasado.
Pero esto no fue solo un acto de crueldad contra animales. También fue una forma de control y terror.

El abogado y experto en bioética Carlos Andrés Muñoz López explica que, en muchas zonas rurales, los perros funcionan como “centinelas”. Sus ladridos alertan cuando alguien extraño se acerca a una casa o a una vereda. Para grupos armados que quieren moverse sin ser detectados, eso puede convertirse en un problema.
Por eso, atacar a los perros muchas veces tiene un significado más profundo. Muñoz López recuerda que antes de la masacre de La Gabarra, en 1999, hombres armados también ordenaron envenenar a los perros de la zona. Poco después ocurrió la masacre.
Es decir, matar a los animales puede convertirse en un mensaje para las personas: una forma de anunciar que viene algo peor.
Animales usados para la guerra
Pero los animales no solo sufren las consecuencias de la violencia. En algunos casos también son usados como herramientas de guerra.
Uno de los ejemplos más conocidos es el del “burro-bomba”. En 1996, en Chalán, Sucre, un burro cargado con explosivos fue utilizado para atacar una estación de policía. Murieron 11 agentes.
También se han visto caballos marcados con siglas de grupos armados, usados como símbolos para generar miedo y demostrar control territorial.
Todo esto plantea una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando un ser vivo deja de ser visto como un animal y se convierte en una herramienta para enviar mensajes, controlar territorios o causar daño?
En esos casos, los animales dejan de ser tratados como seres que sienten dolor y pasan a convertirse en objetos dentro de la lógica de la guerra.

El debate sobre las cifras
La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) publicó un informe llamado Daños invisibles, donde afirma que más de 100.000 animales sufrieron por culpa de grupos armados y bandas criminales entre 2017 y 2026.
El informe también señala que cada 30 minutos un animal muere o queda herido por causa de la violencia, y menciona especies silvestres afectadas en regiones como Antioquia.
Sin embargo, no todos están de acuerdo con estas cifras.
Algunos científicos criticaron el informe y dijeron que varias de sus cifras y conclusiones no eran suficientemente confiables. Ese debate es importante porque muestra algo clave: incluso cuando existe acuerdo sobre el sufrimiento de los animales, medir el impacto real de la guerra sigue siendo muy difícil.
Pero incluso quienes cuestionan las cifras reconocen algo fundamental: el conflicto armado sí rompe la relación entre humanos, animales y territorio.
Los animales que quedan atrás
Una de las consecuencias menos visibles de la guerra es el abandono.
Cuando las familias tienen que huir por amenazas, enfrentamientos o desplazamientos forzados, muchas veces no pueden llevarse a sus animales. Algunos quedan amarrados, otros terminan vagando solos y muchos mueren de hambre.
En muchas regiones, casi toda la ayuda viene de voluntarios o personas de la comunidad.
Eso también muestra otra cara del conflicto: incluso en medio de la violencia, algunas personas siguen intentando proteger la vida.
¿Por qué importa esta discusión?
Hablar de animales en la guerra puede parecer un tema secundario en un país con tantas víctimas humanas. Pero justamente por eso resulta importante.
La forma en que una sociedad trata a los animales también dice mucho sobre cómo entiende el cuidado, la empatía y la violencia.
Cuando la guerra normaliza el daño, no solo afecta a las personas. También transforma la relación con el entorno, con la naturaleza y con otros seres vivos.
Por eso algunas personas, como la senadora Esmeralda Hernández, proponen reconocer a los animales como víctimas del conflicto armado. La idea es que existan herramientas reales para protegerlos y atenderlos en zonas afectadas por la violencia.
Mientras tanto, muchos animales siguen atrapados en una guerra que no entienden.
Y quizá esa sea una de las preguntas más difíciles que deja esta historia: si la violencia termina alcanzando incluso a quienes no pueden hablar, ¿qué dice eso sobre el tipo de conflicto que hemos vivido durante tantos años?





