
Por Sara Cerpa, redacción Caribe
Hace unas semanas me apareció un video en TikTok de una niña mostrando su rutina de skincare.
Tenía más productos que mi mamá.
Había sérums, tónicos, cremas, mascarillas y un producto llamado retinol que, sinceramente, ni siquiera sabía para qué servía. Cuando terminé de ver el video me quedé pensando en algo: ¿desde cuándo las niñas necesitan tratamientos para prevenir arrugas?
Porque cuando yo pienso en tener diez años, pienso en otras cosas. Pienso en jugar con amigos, montar bicicleta, ver series, hacer tareas a última hora y pasar demasiado tiempo viendo videos en internet. No pienso en preocuparme por el envejecimiento de mi piel.
Sin embargo, cada vez es más común ver niñas de ocho, diez o doce años compartiendo rutinas de belleza que parecen diseñadas para adultos. Algunas conocen los nombres de ingredientes complejos antes de haber aprendido álgebra. Otras ahorran dinero para comprar productos que prometen una piel perfecta, luminosa y sin imperfecciones.
Y ahí aparece una pregunta que me parece importante: ¿qué problema están intentando solucionar?
La mayoría de esas niñas no tienen arrugas. Tampoco tienen daños en la piel que requieran tratamientos especializados. De hecho, muchos dermatólogos advierten que algunos de estos productos pueden resultar innecesarios e incluso irritantes para pieles tan jóvenes.
Entonces, ¿por qué los quieren?
Creo que parte de la respuesta está en las redes sociales.
Cada día vemos videos donde influencers muestran habitaciones llenas de productos, tocadores perfectamente organizados y rutinas que parecen rituales científicos. Todo se ve bonito. Todo se ve limpio. Todo parece parte de una vida ideal.
El problema es que, poco a poco, empezamos a creer que para vernos bien necesitamos comprar más cosas.
Y quizás el mensaje más peligroso no es que necesitemos una crema nueva. Quizás el mensaje más peligroso es que hay algo en nosotros que necesita ser corregido.
Las redes sociales no inventaron las inseguridades, pero sí encontraron una forma muy eficaz de amplificarlas. Los algoritmos aprenden rápidamente qué nos llama la atención y nos muestran más de lo mismo. Si una niña ve videos de skincare, pronto verá cientos más. Y después miles.
Sin darse cuenta, puede terminar pensando que una rutina de diez pasos es algo normal.
Pero crecer ya es suficientemente complicado.
Nuestros cuerpos cambian. Nuestras amistades cambian. A veces cambia hasta la forma en que nos vemos a nosotros mismos. Todo eso forma parte de crecer. No debería convertirse también en una carrera por alcanzar una versión perfecta de nosotros mismos.
Tal vez el problema no sea usar crema hidratante. No hay nada malo en cuidar la piel o aprender hábitos saludables.
Tal vez el problema aparece cuando una niña empieza a sentir que necesita arreglar algo que nunca estuvo dañado.
Porque la infancia no debería ser una preparación para parecer adulta.
Debería ser la oportunidad de ser niña.
De equivocarse. De ensuciarse. De jugar bajo el sol. De preocuparse por los exámenes, por los amigos o por el próximo partido, no por las líneas de expresión que podrían aparecer dentro de veinte años.
A veces me pregunto qué pasaría si los algoritmos dejaran de vendernos la idea de una piel perfecta y empezaran a recordarnos algo mucho más importante: que nuestro valor no depende de cómo nos vemos.
Depende de quiénes somos.
Y ninguna crema puede hacer eso por nosotros.


