
Ilustración: Isabella Meza Viana
Por: Redacción Radio Trompo
Las calles de nuestros barrios deberían ser espacios para jugar, entrenar, conversar con amigos y construir proyectos de vida. Pero en muchas zonas del país, los jóvenes crecen aprendiendo reglas invisibles sobre qué lugares evitar, qué caminos tomar o cómo moverse con cuidado en su propio territorio.
El recien asesinato de Cristian Fabián Rondón Méndez, un adolescente de 13 años en Piedecuesta, Santander, volvió a abrir preguntas sobre cómo la violencia afecta la vida cotidiana de niños, niñas y jóvenes en algunas comunidades del país. Lo atacaron con un cuchillo en una cancha del barrio Villanueva solo por no ser de ese sector.
Cristian amaba el fútbol y el atletismo.
Su historia recordó que detrás de cada caso hay jóvenes con sueños, amistades y familias.
Aunque las noticias muchas veces muestran solamente los hechos violentos, en muchos barrios también existen jóvenes, familias y organizaciones que buscan construir entornos más seguros desde el deporte, el arte, el acompañamiento emocional y el trabajo colectivo.
“La cultura me da la oportunidad de aprender y expresarme”, dice Daniela, una joven de 18 años en Tierralta, Córdoba. “Pero también es una manera de mejorar mi comunidad y crear un futuro lejos de la violencia”.

En Tierralta, los jóvenes viven en una tensión, porque saben que miembros del Ejército Gaitanista de Colombia (EGC, también conocido como el Clan del Golfo) están en todas partes. En algunas comunidades del pueblo imponen toques de queda y prohíben que los muchachos presten servicio militar o estudien algunas carreras como periodismo o derecho.
Para algunos jóvenes el grupo armado se convierte en una solución. Les ofrece empleo y dinero. Para otros, espacios como el deporte, el arte, la música o los procesos comunitarios terminan convirtiéndose en formas de encontrar apoyo, reconocimiento y nuevas maneras de pensar su futuro.
¿Qué hace tan difícil tomar distancia de dinámicas de violencia?
Para Yessica Pérez Galarcio, trabajadora social y coordinadora de zona de Benposta en Tierralta, la respuesta no tiene que ver solamente con la violencia, sino también con la necesidad de pertenecer, sentirse reconocido y encontrar oportunidades en contextos donde muchas veces las opciones son limitadas.
“Hay una presión constante del entorno porque muchos chicos y chicas crecen en territorios donde ciertas dinámicas se terminan viendo como normales”, explica.
Según Yessica, algunos jóvenes sienten que los grupos armados y delictivos o ciertas actividades ilícitas representan una forma rápida de conseguir dinero, protección, respeto o incluso compañía. En algunos barrios, tomar distancia de esos espacios también puede significar quedarse solo, ser excluido o sentir que no se pertenece al grupo.
A esto se suman otros desafíos cotidianos como la deserción escolar, la falta de oportunidades, el consumo de sustancias psicoactivas y la ausencia de espacios seguros para pasar el tiempo libre.
“Incluso mantenerse al margen puede hacer que algunos jóvenes se sientan aislados dentro de su mismo barrio o grupo social”, añade.
Por eso, Yessica insiste en que acompañar a los jóvenes no significa solamente decirles qué no hacer, sino ayudarles a construir otros espacios de apoyo, reconocimiento y proyecto de vida.
Pequeñas acciones que cambian entornos
Aun en contextos difíciles, muchos jóvenes encuentran maneras de apoyarse, expresarse y construir espacios distintos en sus comunidades.
Para Yessica, la transformación no empieza necesariamente con grandes cambios, sino con pequeñas acciones cotidianas: participar en actividades deportivas, encontrar espacios para hablar, fortalecer amistades sanas o descubrir talentos que muchas veces pasan desapercibidos.
“Sus ideas, su voz y sus habilidades tienen mucho valor”, señala.
Por eso, herramientas como el arte, el deporte y la comunicación pueden convertirse en espacios importantes para tramitar emociones, fortalecer la confianza y construir nuevas formas de relacionarse con los demás.
Según la coordinadora, estas actividades permiten que muchos jóvenes “expresen lo que viven, resignifiquen experiencias y descubran habilidades que ni siquiera reconocían en ellos mismos”.
“Benposta me ayuda mucho”, dice Daniela. “Es un lugar donde uno aprende muchas cosas. También ayuda a alejarse de problemas que a veces se viven en algunos barrios. Uno se distrae, comparte con otras personas y descubre talentos que ni siquiera sabía que tenía”.
Pararse en grupo también es cuidarse
Otro aprendizaje importante es que nadie cambia su entorno completamente solo.
Familias, amigos, profes, líderes juveniles y organizaciones comunitarias pueden convertirse en redes de apoyo que ayudan a que los jóvenes se sientan escuchados, acompañados y valorados.
A través de programas como “Vida en Familia” y la estrategia “Abrazo”, Benposta desarrolla espacios de diálogo y acompañamiento emocional con jóvenes y sus familias para fortalecer relaciones de cuidado dentro de la comunidad.
“Cuando una comunidad empieza a reconocer a los jóvenes como líderes y actores importantes, y no solamente desde el problema, se construyen entornos más seguros y más humanos”, explica Yessica.
Y en medio de contextos difíciles, muchos jóvenes siguen demostrando algo importante: que también existen formas de cuidar el barrio, apoyarse entre amigos y construir otros caminos posibles.





