
Ilustración: Isabella Meza Viana
Por: Redacción Radio Trompo
Esta historia contiene menciones a abuso sexual. Se recomienda discreción.
En la semana del Día Internacional de la Mujer surge una pregunta que parece simple, pero no lo es tanto: ¿es difícil crecer siendo una niña?
La respuesta no es igual para todas. Depende del lugar donde creces, de tu familia, de tu colegio y de las oportunidades que tengas. Pero a veces una historia concreta revela con fuerza los riesgos que enfrentan muchas niñas.
En Colombia, una de esas historias fue el feminicidio de Yuliana Samboní en 2016. Tenía apenas siete años cuando fue abusada sexualmente y asesinada en Bogotá.
Aunque su caso generó indignación nacional, no fue un hecho aislado.
Entre 2019 y 2025 se registraron 97.494 casos de violencia sexual, física y explotación sexual contra niñas y adolescentes en el país. Eso equivale a cerca de 53 casos al día, según cifras del Instituto Nacional de Medicina Legal.
Del dolor a la resistencia
Antonia Gómez tiene 16 años. Es fundadora de Resistencia Chiquita, un colectivo que busca, entre otras cosas, que las niñas no tengan miedo de crecer.
Una de sus primeras memorias es lo que le pasó a Yuliana.
“Fue muy abrumador”, dice. En ese momento le preguntó a su mamá que si a todas las niñas de 7 años les iba a pasar eso.
“Mi mamá encontró las palabras más suaves para decirme que no era solo a las niñas de 7 años, sino en general a las niñas por ser niñas”, recuerda Antonia.
Aunque en ese momento no lo sabía, el feminicidio de Yuliana marcó el inicio de su activismo.
«Yo quería que las niñas pudieran decidir qué querían ser», dice Antonia.
A través de Resistencia Chiquita, Antonia ha llevado talleres de danza y arte a comunidades como la vereda El Verjón, en Cundinamarca. Allí se encontró con una realidad que la impactó: muchas niñas y mujeres sentían que solo tenían dos caminos posibles en la vida, ser madres o dedicarse al cuidado del hogar.
Aunque había mucho talento y ganas de aprender, muchas terminaban dejando de lado sus sueños para cumplir con lo que la sociedad esperaba de ellas.
Antonia confiesa que el camino ha sido difícil y a veces decepcionante, pero cree firmemente que el arte puede abrir conversaciones sobre las vidas de mujeres en el campo.
En lo personal, aprender y cuestionar más el mundo que la rodea le ha dado otras herramientas para habitar el mundo de una manera más tranquila:
“Me he aprendido a desenvolver en este mundo y en esta sociedad en el que uno tiene que poner sus límites o si no no son respetados”, cuenta.

La discrimiación también se siente en la cotidianidad. Un estudio de Women in Sports encontró que el 61% de las adolescentes se sienten juzgadas cuando practican un deporte.
Mientras que otra investigación de la Universidad de Missouri encontró que los estereotipos de género empiezan a aparecer entre niños y niñas desde los 3 años. Así que la presión de la sociedad pesa sobre las niñas desde muy pequeñas diciéndoles qué hacer y cómo.
¿Cuándo se vuelve difícil crecer?
Luisa María Valencia, periodista y creadora de contenido sobre feminismo y derechos humanos, recuerda que durante su infancia no sentía grandes restricciones. Jugaba fuerte, se despeinaba y eso no parecía ser un problema. Pero al llegar a la adolescencia empezó a notar cambios.
“A las niñas se les impone desde pequeñas a ceder, a poner a los otros primero”, dice.
Según explica, a muchas niñas se les enseña a ser “delicadas” y “juiciosas”, mientras se desvalorizan emociones como el enojo o la inconformidad.
Eso se refleja en situaciones cotidianas: niñas obligadas a abrazar a familiares aunque no quieran, o acostumbradas a recibir menos comida que sus hermanos porque “los hombres comen más”.

Cuestionar la idea de que una “buena niña” es la que siempre sonríe, obedece y no incomoda es, dice Luisa, un paso importante para que las niñas puedan desarrollarse con libertad.
¿Qué necesitan las niñas para sentirse seguras?
Para Daphne Saavedra, lideresa social y miembro de la Red Feminista Local de Suba, en Bogotá, hay algo fundamental: permitir que las niñas piensen por sí mismas.
“No imponerles cosas, incluso si son ideas dentro del feminismo. Hay que permitirles decidir y encontrar su propio camino”, dice.
El acompañamiento, explica, es clave, pero debe hacerse sin juicios y respetando sus procesos de vida. Según ella, “se trata de permitirles ser libres”.
También resalta la importancia de ayudarles a aprender a amar sus cuerpos y a cuestionar la rivalidad que muchas veces se les enseña a las mujeres desde pequeñas.
Para Daphne, lograr que el mundo deje de ser un lugar difícil para las niñas no depende solo de ellas. Es una tarea colectiva que involucra a la sociedad en su conjunto: a los niños, a los hombres, a las familias, a las escuelas y a las instituciones.
También implica cuestionar los roles y estereotipos que pueden limitar el desarrollo de sus talentos y aspiraciones.
Si desde pequeñas las niñas sienten que ciertos juegos o juguetes “no son para ellas”, es más probable que crezcan creyendo que algunos trabajos, actividades o intereses tampoco les corresponden. Y eso puede terminar reduciendo sus oportunidades y su desarrollo.
Entonces, ¿es difícil crecer como niña?
Volviendo a la pregunta inicial —si es difícil crecer siendo una niña— la respuesta sigue siendo compleja.
Para algunas niñas, como Antonia, las dificultades se convierten en una razón para actuar, crear colectivos y abrir conversaciones que antes no existían.
Pero que crecer sea más fácil para las próximas generaciones no puede depender solo de las niñas. Es una responsabilidad de toda la sociedad: de las familias, las escuelas, las instituciones y también de los niños y los hombres.
Y tú, ¿qué estás haciendo para que las niñas y adolescentes vivan más seguras y sin discriminación? Te leemos en nuestras redes sociales.





