
Redacción: Radio Trompo
En Caucasia, dos hechos recientes dejaron algo más que dolor: cambiaron la forma en que se vive el día a día.
Un niño de 12 años murió tras manipular un objeto explosivo que encontró en un potrero. Días antes, Gabriel Enrique Arenas, estudiante universitario, desapareció y fue hallado muerto después de varios días de búsqueda.
No son solo dos noticias. Son señales de algo más profundo: un entorno donde el peligro no siempre se ve, pero está presente.

El riesgo invisible
En municipios como Caucasia, el conflicto armado no es solo historia. También deja rastros físicos: artefactos explosivos, objetos abandonados, amenazas que permanecen en el territorio.
El problema es que no siempre son evidentes. Pueden parecer inofensivos. Pueden estar en lugares cotidianos.
Esto transforma la relación con el espacio. Lo que antes era un lugar para jugar, caminar o trabajar, ahora puede generar desconfianza.
Y ese cambio no es solo físico. Es emocional.
El impacto en los jóvenes
Cuando el miedo se vuelve parte del entorno, también cambia la forma en que los jóvenes piensan su futuro.
“Esto le baja mucho la moral a los chicos porque pueden empezar a ver el Bajo Cauca como una zona peligrosa”, dice María José Pérez, presidenta del Consejo Municipal de Juventud.
Esa percepción importa. Porque influye en las decisiones, en las expectativas y en la forma en que se construye la vida cotidiana.
Más que reaccionar: crear alternativas
Pero la respuesta no es solo evitar el peligro.
Para María José, lo que pasó es una “llamada de alerta”. No para quedarse quietos, sino para actuar.
Desde el CMJ trabajan en generar opciones reales para los jóvenes.
Promueven el deporte y la cultura como espacios que ofrecen alternativas —“un joven que hace deporte es un joven que le quitamos al consumo”, explica—.
También impulsan el apoyo en salud mental y el respeto por la diversidad.
La lógica es clara: cuando hay más opciones, hay menos riesgo.
Entender para prevenir
Uno de los puntos más importantes de su mensaje es la empatía.
“Antes de juzgar a un joven, hay que ponerse en su lugar”.
En este contexto, esto no es solo una idea moral. Es una estrategia.
Porque cuando se juzga sin entender, se generan más barreras. Pero cuando se comprenden las condiciones en las que viven los jóvenes, es posible intervenir de forma más efectiva.
La empatía permite ver causas, no solo consecuencias. Y eso es clave para prevenir.
Lo que está en juego
Lo que ocurre en Caucasia no es un caso aislado.
Es un ejemplo de cómo la violencia puede seguir afectando la vida cotidiana, incluso cuando no siempre es visible.
Y también plantea una pregunta más amplia:
¿cómo se construye un futuro en un entorno donde el riesgo es parte del presente?
Más allá del miedo
A pesar de todo, la comunidad ha respondido.
Se ha unido. Ha acompañado a las familias. Ha buscado formas de seguir adelante.
Eso no elimina el miedo. Pero cambia lo que se hace con él.
Lo que está en juego no es solo la seguridad.
Es la posibilidad de que los jóvenes crezcan con opciones, con apoyo y con la capacidad de tomar decisiones diferentes.
Porque al final, no se trata solo de evitar el peligro.
Se trata de construir condiciones donde vivir no sea un riesgo y donde el futuro no esté definido por el miedo.





