
Por: María Angélica Orozco
Advertencia: Este artículo habla sobre conflicto armado, violencia y situaciones que afectan a jóvenes en Colombia. Te recomendamos leerlo acompañado de un adulto de confianza y hablar sobre lo que piensas o sientes.
Ser joven debería significar salir con amigos, estudiar, soñar con el futuro y descubrir quién quieres ser.
Pero en varias regiones de Colombia, algo tan simple como parchar en una esquina o volver de vacaciones por una carretera rural puede convertirse en un peligro.
Hoy, muchos jóvenes prefieren no salir. Se quedan en casa por miedo, como si hubiera un toque de queda invisible.
La semana pasada, cuatro jóvenes fueron sacados de un parque en Jamundí, Valle del Cauca, y días después fueron encontrados sin vida. No fue por robo. Fue para demostrar poder.
Además, en los primeros meses de 2026, la Defensoría del Pueblo registró varios casos de reclutamiento de menores y jóvenes.
Entonces aparece una pregunta difícil, pero importante: ¿por qué los grupos armados buscan tanto a los jóvenes?
Desde Buenaventura, el líder social Alexis Venté lo explica fácil: donde hay poco Estado, otros ocupan ese lugar. Y ahí entran los grupos armados.

Un recurso estratégico
Para Sebastián Solano, coordinador de jóvenes en PARES (Fundación Paz y Reconciliación), los grupos criminales ven a la juventud como algo estratégico.
Primero, porque necesitan reemplazar a los combatientes que pierden.
Segundo, porque usan a jóvenes para tareas como vigilancia, transporte de armas, microtráfico o extorsión.
Y tercero, porque controlar a los jóvenes significa controlar el futuro de toda una comunidad.
“Controlar a los jóvenes es controlar el futuro de la comunidad”, explica Sebastián.
Si un joven entra al deporte, al arte o a procesos educativos, se aleja de ese control. Por eso, para los grupos armados, eso también representa una amenaza.

Enero: Los desaparecidos de Mariquita
Desde enero, siete jóvenes desaparecieron entre Mariquita y Fresno, en Tolima.
Sus nombres son Zait, David, Sergio, Luisa, Fredy, Santiago y Alejandra. Hasta hoy, nadie sabe dónde están.
Mariquita es una zona que conecta varias regiones del país. Por eso, diferentes grupos armados se disputan ese territorio.
Cuando desaparecen personas, no siempre buscan dinero. Muchas veces buscan sembrar miedo y mostrar quién manda.
Sebastián lo dice así:
“El riesgo no es solo que el grupo armado llegue con un fusil; el riesgo es que lleguen antes que el Estado con dinero, miedo y promesas”.
A veces no llegan amenazando, sino ofreciendo trabajo, atención o una falsa sensación de pertenencia.
También usan redes sociales como TikTok e Instagram para engañar con falsas ofertas de empleo o contenido que hace ver el crimen como algo atractivo.
7 de abril de 2026: Un regreso a casa interrumpido
Yormai Sebastián Contreras tiene 16 años.
Había pasado Semana Santa con su familia en Tibú, Norte de Santander. Cuando regresaba a Cúcuta con su hermano mayor, hombres del ELN los detuvieron en la carretera.
A su hermano lo dejaron seguir.
A Yormai se lo llevaron.
Su mamá, Blanca, sigue pidiendo que se lo devuelvan. Hasta ahora, no hay noticias claras sobre él.
15 de abril de 2026: El horror en Jamundí
Juan Felipe, Juan Camilo, Darwin y Jeetlee Stivens estaban en un parque de Villa Paz, en Jamundí.
Tenían entre 18 y 19 años. Dos todavía estaban terminando el colegio.
Hombres armados llegaron y los obligaron a subir a un carro. Siete días después encontraron sus cuerpos.
Indepaz registró este caso como una de las masacres ocurridas este año en Colombia.
No pedían rescate. Querían silencio. Querían miedo.
20 de abril de 2026: Una trampa en la escuela
En Policarpa, Nariño, disidencias del ELN entraron a un colegio.
No llegaron disparando. Llegaron repartiendo útiles escolares, tomándose fotos con niños y dejando propaganda.
Parece ayuda, pero no lo es. Es una forma de ganar confianza para luego reclutar.
Así funciona muchas veces: primero se acercan como amigos, después aparece el control.
Una respuesta integral para proteger a los jóvenes
Alexis Venté insiste en que esto no se soluciona solo con militares.
“El acompañamiento tiene que ser muy integral”, dice.
Explica que no basta con proteger a un joven por separado. También se necesita que el Estado esté presente con educación, deporte, cultura y oportunidades reales.
“El Estado no solamente tiene que brindar un apoyo al joven en particular, sino también hacer una inversión social para que toda la sociedad blinde a esos jóvenes”.
Sebastián también lo resume claro:
“Necesitamos una presencia real del Estado que evite que los jóvenes sigan yendo a la guerra”.
¿Hay salida para las comunidades?
Sí, pero no es fácil.
Cuando un joven desaparece o es asesinado, no solo sufre su familia. Toda la comunidad cambia.
La gente deja de hablar. Los jóvenes dejan de salir. El miedo se vuelve parte de la rutina.
Niños y adolescentes crecen con desconfianza, con miedo y con menos posibilidades de imaginar otro futuro.
Pero quedarse quietos también es parte de lo que buscan los grupos armados.
Por eso Alexis deja un mensaje importante:
“La estrategia de los grupos armados es causar terror, causar miedo para que ese miedo genere una inacción del joven”.
Y su consejo es directo:
“Hay que tener mucho cuidado y autocuidado, pero no podemos quedarnos en la inacción. Tenemos que fortalecer el liderazgo y generar redes de apoyo entre los jóvenes”.
Porque resistir también es seguir estudiando, seguir soñando y no dejar que el miedo decida por ti.






