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El VIH en mi vida

Ilustración: Isabella Meza Viana

A veces creemos que ciertas cosas solo les pasan a otras personas, hasta que un día nos damos cuenta de que pueden estar mucho más cerca de lo que imaginamos.

Eso le pasó a Kane. Hoy tiene 24 años y lleva tres conviviendo con VIH. Al principio, todo fue miedo, dudas y muchas preguntas.

“Sentía que al inicio fue un tema bastante complejo”, cuenta.

No solo por el diagnóstico, sino por todo lo que lo rodea: el estigma, los prejuicios y el miedo a ser juzgado. Kane, que además trabaja haciendo talleres de sexualidad y prevención con jóvenes, sabía que hablar del tema no siempre era fácil.

“Siempre existía el estigma de hacerse una prueba, de que te juzgaran en el mismo lugar donde te la hacen”, recuerda.

Pero antes de llegar a ese momento, su cuerpo ya le estaba enviando señales.

Empezó a sentirse cansado todo el tiempo. No era un cansancio normal. También notó unos ganglios inflamados en el cuello y en la pelvis.

“Me empezaron a salir unas bolitas”, dice.

Sabía que algo no estaba bien y pasó casi dos meses buscando respuestas.

Muchas personas todavía confunden VIH y SIDA, como si fueran exactamente lo mismo, pero no lo son.

El VIH es un virus que ataca el sistema inmunológico, es decir, las defensas del cuerpo. Su trabajo es debilitar esos “soldados” que nos protegen de otras enfermedades.

Nicolás Reyes Galindo, experto de la organización Red Somos, lo explica de forma sencilla:

“Es un retrovirus. Se mete en la célula y la modifica para sus propios fines”.

En cambio, el SIDA es la etapa más avanzada de esa infección, cuando el sistema inmune ya está muy afectado y aparecen enfermedades oportunistas, como algunas infecciones graves.

La buena noticia es que, con tratamiento, eso se puede evitar y también se puede mejorar.

Cuando Kane quiso hacerse la prueba, pensó que sería sencillo. Pero no fue así.

Intentó hacerlo por su EPS y terminó enfrentándose a preguntas incómodas, trámites largos y momentos bastante incómodos.

“Fue como volver a decir: soy una persona LGBT que tuvo relaciones sexuales y puedo tener un riesgo”, cuenta.

A veces, el problema no es la prueba, sino sentir que tienes que justificar por qué la necesitas.

Al final, la respuesta llegó de una forma inesperada. Caminando por Chapinero, en Bogotá, encontró una carpa de la Secretaría de Salud donde hacían pruebas rápidas.

Allí sintió algo diferente. “Sentí un trato mucho más amable”, recuerda.

Y fue ahí donde finalmente recibió su diagnóstico.

Después vino otra parte difícil: contarlo en casa.

Para muchos jóvenes, ese momento puede dar incluso más miedo que la prueba. La primera persona en saberlo fue su abuela.

“Para ellos fue traumático. Fue como: ‘te vas a morir’”, explica.

Ese pensamiento sigue existiendo porque durante muchos años el VIH fue visto como una sentencia de muerte. Pero hoy la realidad es distinta.

Kane tuvo que sentarse con su familia, explicarles, mostrarles información y romper muchos mitos.

“Tuve que empezar a decirles: ‘No, mira, esto no funciona así, leamos esto juntos’”.

Con el tiempo, entendieron que vivir con VIH no significa que la vida se acaba.

La Organización Mundial de la Salud explica que, aunque el VIH no tiene cura, sí puede tratarse como una condición de salud crónica, permitiendo llevar una vida larga y saludable.

Kane toma dos pastillas todas las noches.

Puede sonar simple, pero ese tratamiento cambia todo.

“Cuando consumo mi tratamiento, me siento bien de energía y mentalmente”, dice.

Aquí aparece una frase importante que hoy transforma muchas vidas: indetectable es igual a intransmisible.

¿Qué significa eso?

Cuando una persona sigue correctamente su tratamiento, la cantidad de virus en su cuerpo baja tanto que los exámenes casi no pueden detectarlo. 

En ese punto, el riesgo de transmitir el virus sexualmente se vuelve prácticamente inexistente.

Nicolás lo resume así:

“Cuando una persona toma su tratamiento, la cantidad de virus en su sangre es tan pequeña que las pruebas no alcanzan a verlo”.

Eso cambia no solo la salud física, sino también la tranquilidad emocional.

Pero no todo ha sido fácil. Hace poco, Kane pasó tres meses sin recibir sus medicamentos por problemas administrativos con su servicio de salud.

“Estuve ofendidísimo”, cuenta.

Y su cuerpo lo sintió rápido: volvieron las manchas y los ganglios inflamados.

Tuvo que insistir, pedir historias clínicas y exigir atención.

“No puedes dejar de darle a una persona un tratamiento que afecta literalmente su salud”, reclama.

A veces, convivir con VIH no significa pelear contra el virus, sino contra los trámites y las negativas.

Hoy prevenir el VIH no se trata solamente del preservativo, aunque sigue siendo muy importante.

Existen más herramientas.

La PrEP, por ejemplo, es una pastilla para personas que no tienen el virus y quieren reducir el riesgo de adquirirlo.

La PEP funciona como un tratamiento de emergencia después de una posible exposición.

Y algo básico, pero clave: hacerse pruebas. Porque esa es la única manera de saberlo con claridad. 

Hoy Kane usa su experiencia para ayudar a otros.

En redes sociales siempre publica que, si alguien necesita una prueba o asesoría, puede escribirle.

“No serviría de nada tener esta experiencia y no decir: ‘Bebé, cuídate’”.

Su consejo es claro: “Lo importante es dejar el miedo por el estigma. El miedo solo retrasa un diagnóstico que puede ser importante saber a tiempo”.

Vivir con VIH en 2026 no se parece a vivirlo hace 30 años.

Hoy hay tratamiento, información y muchas más posibilidades. Lo que sigue haciendo daño no siempre es el virus, sino el silencio.

Y por eso hablar sigue siendo una de las formas más importantes de cuidarnos.

Hacerse la prueba del VIH con regularidad no debería ser motivo de temor, sino una parte esencial de tu bienestar. Más que el miedo a un diagnóstico, realizarse estos exámenes es un acto de autocuidado que protege tu salud y la de tu pareja.

Tienes varias opciones confiables para acceder a este servicio:

Tu EPS: Puedes solicitar la prueba directamente a través de tu entidad de salud; es un derecho básico.

Red Somos: Puedes acercarte a sus puntos de atención especializados para recibir orientación y diagnóstico. Tienen sedes en Bogotá, Soacha y Barranquilla.

Profamilia: Es una excelente opción si buscas atención en cualquier parte de Colombia, ya que cuenta con la mayor presencia nacional. Puedes agendar tu cita de manera virtual.

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