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¿Por qué los jóvenes corren tanto riesgo en zonas con grupos armados?

Ilustración: Isabella Meza Viana

Por: María Angélica Orozco

Advertencia: Este artículo habla sobre conflicto armado, violencia y situaciones que afectan a jóvenes en Colombia. Te recomendamos leerlo acompañado de un adulto de confianza y conversar sobre lo que sientes o piensas.

Ser joven debería significar salir con amigos, pensar en el futuro, estudiar, enamorarse, equivocarse y volver a empezar.

Pero en muchas regiones de Colombia, algo tan simple como parchar en un parque o regresar de vacaciones puede convertirse en un peligro.

Hoy, miles de jóvenes prefieren no salir. Se encierran en sus casas por miedo. Como si vivieran en un toque de queda que nadie anunció, pero todos entienden.

La semana pasada, cuatro jóvenes fueron sacados de un parque en Jamundí, Valle del Cauca, y días después fueron encontrados sin vida. No fue por robo ni por dinero. Fue para demostrar poder.

Y no es un caso aislado. Solo este fin de semana, las Fuerzas Militares identificaron 31 ataques en el suroccidente del país.

Entonces la pregunta es inevitable: ¿por qué los grupos armados están buscando a los jóvenes?

Desde Buenaventura, el líder social Alexis Venté Moreno lo explica de forma sencilla: cuando el Estado no está presente, otros toman ese espacio.

En muchos territorios rurales, los grupos armados llegan antes que las oportunidades, antes que la protección y, a veces, antes que la esperanza.

Por eso, los jóvenes terminan siendo los más expuestos.

Sebastián Solano, coordinador de jóvenes en PARES (Fundación Paz y Reconciliación, dice que para estos grupos la juventud es un recurso estratégico.

Primero, porque necesitan reemplazar a los combatientes.
Segundo, porque usan a jóvenes para tareas como vigilancia, transporte de armas, microtráfico o extorsión.
Y tercero, porque controlar a los jóvenes significa controlar el futuro de toda una comunidad.

“Controlar a los jóvenes es controlar el futuro de la comunidad”, explica.

Si un joven entra a procesos deportivos, culturales o educativos, representa una amenaza para el grupo armado, porque deja de depender de ellos.

Desde enero, siete jóvenes desaparecieron entre Mariquita y Fresno, en Tolima.

Sus nombres son Zait, David, Sergio, Luisa, Fredy, Santiago y Alejandra. Hoy, nadie sabe dónde están.

Mariquita es lo que llaman un “corredor estratégico”: una ruta clave para negocios ilegales y control territorial.

Ahí, desaparecer personas se convierte en una forma de sembrar miedo.

Sebastián lo resume así: “El riesgo no es solo que el grupo armado llegue con un fusil; el riesgo es que lleguen antes que el Estado con dinero, miedo, a través de redes sociales y con promesas”.

Porque no siempre llegan amenazando. A veces llegan ofreciendo trabajo, validación o una falsa sensación de pertenencia.

Sí, también pasa en TikTok e Instagram.

Sebastián advierte que algunos grupos usan redes sociales para atraer menores con falsas ofertas de empleo, modelaje o contenidos que muestran la narcocultura como algo bueno. 

Muchos adolescentes están buscando identidad, reconocimiento o simplemente alguien que los escuche. Y ahí aparece el riesgo.

No siempre parece peligroso al principio.

Yormai Sebastián Contreras tiene 16 años.

Había pasado Semana Santa con su familia en Tibú, Norte de Santander. Cuando regresaba a Cúcuta con su hermano mayor, hombres del ELN los detuvieron en la carretera.

A su hermano lo dejaron seguir.

A Yormai se lo llevaron.

Su mamá, Blanca, sigue pidiendo que se lo devuelvan. Hasta hoy, no hay pruebas de que esté bien.

Juan Felipe, Juan Camilo, Darwin y Jeetlee Stivens estaban en un parque de Villa Paz, en Jamundí.

Tenían entre 18 y 19 años. Dos todavía estaban terminando grado 11.

Hombres armados llegaron y los obligaron a subir a un carro. Siete días después, encontraron sus cuerpos.

Indepaz registró este caso como la masacre número 43 de 2026. No buscaban plata. Buscaban silencio.

En Policarpa, Nariño, disidencias del ELN entraron a un colegio. No llegaron disparando.

Llegaron repartiendo útiles escolares, tomándose fotos con niños y dejando propaganda.

Parece una ayuda, pero no lo es. Es una estrategia para ganar confianza y luego reclutar.

Alexis Venté insiste en que esto no se resuelve solo con militares.

“El acompañamiento tiene que ser muy integral”, dice.

Explica que no basta con proteger al joven individualmente, sino que todo el territorio necesita respaldo real.

“El Estado no solamente tiene que brindar un apoyo al joven en particular, sino también hacer una inversión social para que sea toda la sociedad la que blinde a esos jóvenes”.

Eso significa educación, deporte, cultura, oportunidades y presencia real del Estado. No solo patrullas.

Sí, pero no es rápida.

Cuando un joven desaparece o es asesinado, no solo sufre su familia. Toda la comunidad cambia.

La gente deja de hablar. Los jóvenes dejan de salir. El miedo se vuelve rutina.

Pero quedarse quietos también es parte de lo que buscan los grupos armados.

Por eso Alexis deja un mensaje importante:

“La estrategia de los grupos armados es causar terror, causar miedo para que ese miedo genere una inacción del joven”.

Su consejo es claro:

“Hay que andar con mucha precaución, tener autocuidado, pero no podemos quedarnos en la inacción. Tenemos que fortalecer el liderazgo y generar redes de apoyo entre los jóvenes”.

Porque resistir también significa seguir estudiando, seguir soñando y seguir creyendo que otro futuro sí es posible.

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